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sábado, 2 de noviembre de 2013

Relato completo de «La muerta», de Guy de Maupassant

LA MUERTA

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.
Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, pues estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante siete días, teniendo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, tomaron sus notas y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve y débil suspiro. La enfermera dijo «¡Ah!» y ¡yo comprendí!, yo comprendí...
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí, en cambio, el ataúd, y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

*

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación —nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte—, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le sentaba bien y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas y tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal —en aquel liso, enorme y vacío cristal— que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. No tardé en encontrar su sencilla tumba, y en ella, una cruz de mármol blanco con esta breve inscripción:
«Amó, fue amada y murió».
¡Ella está ahí debajo!, ¡descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que comenzaba a oscurecer, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve... ¡Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, con la ciudad en la cual vivimos! Y, sin embargo, son muchos más numerosos los muertos que los vivos: nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.
Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, ¡aquí no hay apenas nada, nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, de pronto me di cuenta de que me encontraba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suave, lenta, silenciosamente hacia aquella tierra llena de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las sepulturas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres al pasar mis dedos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, mientras deambulaba por aquellos angostos senderos que se abrían entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, de aquella tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
De repente, creí notar que la losa de mármol sobre la cual había tomado asiento comenzaba a moverse. Y, de hecho, así era, se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratase de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la lápida sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, que empujaba la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, pese a que la noche era oscura. En la cruz pude leer:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios».
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal».
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban ahora abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos ellos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido tortuosos con sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado y cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
Pensé que también ella habría escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante, sin llegar a ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
«Amó, fue amada y murió».
Ahora leí:
«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió».
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.


Guy de Maupassant

Citas de «Sheebae, la reina de las serpientes», de Carter Scott.

«Hace diecisiete meses, veintiocho días y cinco horas, aproximadamente, yo me encontraba en un calvero africano, donde presencié, sumido en un éxtasis provocado por el miedo más ancestral, la victoria de Sheebae sobre un joven león que debió cometer el error de echarse a dormir lejos de la manada.
¡Con qué dominio y seguridad de su cuerpo, de ocho metros de longitud, formó los tres anillos que trituraron la resistencia del desesperado felino! ¡Con qué ceremonial parsimonia se lo fue tragando hasta llegar al final del corto rabo desprovisto de pelos!
Los temblores que me sacudieron una vez dejé atrás el estupor que me había inmovilizado durante un tiempo que no supe precisar entonces, unidos a la recuperación de la visión consciente, me permitieron comprender que debía escapar de allí lo más rápidamente posible: ¡no quería ser devorado de aquella forma infernal!
Mi cuerpo logró alejarse de la gigantesca serpiente, pero no sucedió lo mismo con mi alma, pues el recuerdo de mis defensas completamente anuladas, que me habían dejado reducido a un simple amasijo de carne paralizado por el pánico, me transformó de una forma completa y definitiva. Como siempre me había considerado un hombre valiente, dueño de una inteligencia capaz de enfrentar y superar cualquier peligro del mundo, mi inesperado tropiezo con “aquella magnificación del poder” sirvió para descubrirme cuán equivocado estaba. Durante muchos días únicamente pensé en que podía haber corrido la misma suerte que aquel joven león, y así, casi podía sentir los dientes, largos y curvados, clavándose en mi cuerpo, el crujir de mis costillas bajo aquel múltiple y aplastante abrazo que reventaba también mis pulmones; e imaginaba cómo,  cuando la muerte me hubiese privado al fin de la visión, la exagerada e inverosímil dilatación de las fauces de Sheebae, se amoldaba a la mía, dispuesta a tragarme en el momento en que su piel le comunicase que mi corazón había ya dejado de latir.
¡La magnificación del poder!».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.


«Se dispuso a acompañarme a los sótanos. Procuré marchar delante, con paso indeciso, en silencio. En cuanto llegamos a la puerta de gruesa madera y sólidas bisagras y cerraduras, le proporcioné una escopeta de caza, para armarme yo con otra antes de coger el manojo de llaves.
El chasquido de la cerradura estalló en el silencio que nos rodeaba con un eco de largas resonancias. Luego, empujé el alto batiente, para introducirme en la selva artificial que la ciencia, la imaginación y mi dinero habían recreado; detrás de mí, en la quietud reinante —nuestros pasos quedaban amortiguados por la alta maleza—, me llegó el asombrado susurro de asombro quien me acompañaba. En seguida capté las palpitaciones de su miedo, porque nos rodeaban las lianas, los arbustos, las ramas bajas de los árboles y todos esos lugares que bien podían servir de emplazamiento para una emboscada de nuestra despiadada enemiga. Dejé que transcurriesen unos gozosos minutos antes de darme la vuelta, dispuesto a que él recuperara la confianza con esta pregunta intencionadamente “inocente”:
—Supongo que no pensará usted que he dejado suelta a la serpiente, ¿verdad, míster Chubb? Ahora vamos armados por simple precaución, aunque le aseguro que me ofrece una gran confianza la jaula de vidrio en la que Sheebae se encuentra encerrada. ¿Qué le parece todo lo que le rodea?
—¡Sorprendente! ¿Cómo se produce este calor sofocante y de dónde proviene la humedad de la hierba y de la maleza...? ¿Ehhh...? ¡No...! ¡NOOO...!
¡¡Allí estaba la reina de las serpientes!!
El estúpido feriante pasó del miedo al terror, y de la sorpresa moderada al petrificador asombro en solo unos segundos. ¡Porque acababa de ser apresado por los anillos trituradores de la pitón, que, de forma excepcional, no le hundió en él los curvos puñales de sus dientes!
Por eso se quedó sin habla, sin respuesta alguna de su cuerpo, con los ojos y la boca abiertos de forma desmesurada, pudiendo ver pero totalmente indefenso. Mientras, la muerte más espeluznante le aplastaba en un abrazo ineludible, el aire estallaba en sus pulmones con el chasquido de sus costillas y sus venas; su estómago y sus intestinos acabaron vaciándose por todos los orificios de un cuerpo que iba, lentamente, reduciéndose a la enésima parte de su volumen. Con la brutal expulsión de su existencia, cuando ya el corazón se había detenido, se produjo el inverosímil agigantamiento de la cabeza y de las horrorosas mandíbulas de la hambrienta Sheebae...
¡A qué ritual tan fascinante pude asistir al contemplar cómo aquella poderosa máquina, viva y perfecta, procedía a tragarse entero el cadáver del ex codicioso...! ¡Me sentí inundado por una tromba de reacciones orgásmicas!
Pero, inmóvil y con la escopeta en posición de disparo, aún tuve la lucidez suficiente como para comprender que aquellas botas claveteadas no facilitarían la digestión de “mi amada”. Por eso corrí a evitar el mal, sin pensar un solo momento en el inmenso riesgo al que me exponía. Finalmente, conseguí descalzar los pies, flojos y balanceantes, cuando las fauces de la gigantesca pitón ya habían alcanzado la cintura de Alistair Chubb.
Después, retrocedí a mi “platea particular” para continuar asistiendo al morboso espectáculo, sintiendo por primera vez que el terror se convertía en una comunicación satánica entre el poderoso irracional y el astuto racional que era yo.
Al igual que el fanático que obtiene en exclusiva individual, para su único goce, la propiedad de una obra de arte, supe que aquellas horas de las que estaba disfrutando eran mías, solo mías, y suponían un excepcional privilegio, que, no obstante, únicamente podría tener continuidad si me cuidaba de repetir el espectáculo.
Y es que lo insufrible de aquel sublime instante se hallaba en la certeza, cada vez más prístina, de que aquel espectáculo tendría un final. ¡Por eso me recreé en su contemplación, sin perderme ni el más insignificante de sus detalles!
Permanecí allí hasta que se produjo la total ingestión de la víctima; y aún seguí allí un rato más, aguardando a que las paredes internas de Sheebae se fueran desplazando, siempre con una lentitud pasmosa, para que las costillas se fijaran alternativamente después de haberse adelantado con el fin de que el inmenso estómago se colocara sobre el alimento. De esta manera, ¡la última silueta de Alastair Chubb quedó esculpida bajo la piel reticulada y palpitante de la glotonería!».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.


«Me encontraba dormido en mi dormitorio cuando escuché la campana de alarma. Alcé la cabeza hacia el tablero, y el desplazamiento de la casilla número dos me indicó que había sido abierto el habitáculo de Sheebae. Salté del lecho, desprecié las babuchas, encendí una lámpara de petróleo y me lancé en pos de la escalera: cuando llegué a la puerta ya era inútil todo intento de salvarla.
¡El embriagador hedor de la muerte golpeó con sadismo mis fosas nasales!
Corrí en busca del espectáculo, ¡del más terrorífico de los espectáculos!, y me encontré con la materialización del abrazo supremo: la cabeza de mamá pendía totalmente destrozada, con el cuello descoyuntado, y se escuchaban los postreros chasquidos de sus huesos...
Cuando la boca de la reina de las serpientes se desencajó, siempre en unas proporciones que me resultaban inverosímiles, acusé el impulso de huir de allí, de maldecir el grado de perversidad al que había llegado. Pero me mantuve quieto, clavado en la tierra, sin voluntad.
Una acre saliva se había condensado en mi garganta, mis ojos se quedaron sin brillo y mis labios esbozaron una sonrisa idiota. Sin embargo, de repente, me sentí más fuerte que nunca. Estaba en aquella selva artificial, presenciando el más horrendo de los crímenes que puede cometer un ser humano y, sin embargo, ¡no había perdido el sentido!
Y todo porque el prodigio único de aquel espectáculo ¡solo se hallaba reservado a los dioses, a Calígula, a Nerón... y a Richard Crowley, yo!
El acto de deglución del cadáver de mamá fue como un parto al revés. Por mi capricho ella se iba a transformar en proteínas de vida dentro del cuerpo de Sheebae, mientras que suyo fue el mérito de darme la existencia expulsándome desde su interior.
¿No es esta la mejor demostración de las cotas de terror que fui capaz de soportar sin dejarme vencer por los prejuicios sociales y morales de los lazos sanguíneos...?».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.


«Ahora sé que la policía viene a detenerme. Esta mañana me ha telefoneado un viejo amigo, alertándome porque ignora la magnitud de mi conducta, la cual, según los convencionalismos de una civilización de cobardes, es considerada un delito infrahumano.
¿Cómo podría escapar si no dispongo del tiempo suficiente para llevarme a la reina de las serpientes?
Después de las seis horas que me ha llevado rellenar estas páginas de mi cuadernillo de anotaciones, ya solo me resta una decisión: entregarme al abrazo de Sheebae, para encontrar mi féretro en su poderoso cuerpo, y ser así “más suyo” que de ninguna otra forma; llevarme al más allá la certeza de que no ha existido en el mundo mayor Amor que el que me une a la más bella y satánica de las criaturas vivas.
Dentro de unos segundos, cuando abandone la escritura y marche en busca del más fantástico de los suicidios románticos, contaré con otro placer en exclusiva: saber cómo va a producirse mi muerte, segundo a segundo, y cómo mi cadáver irá siendo “sepultado” en el espléndido cuerpo de mi amada, convirtiéndome en una parte vital de la magnificación del poderío irracional que ella, la reina de las serpientes, representa.
P. D.: Si no entendéis mi comportamiento, peor para vosotros, ¡cobardes!».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.

Citas de «La muerta enamorada», de Théophile Gautier

«Queréis saber, hermano, si he amado alguna vez. La mía es una experiencia muy especial y horrible y, a pesar de haber alcanzado la edad de sesenta y seis años, siento pudor a la hora de levantar el velo de mis recuerdos. Nunca me he atrevido a ocultaros mis historias; sin embargo, debéis comprender que a nadie le confiaría algo como esto de saber que no es una persona experimentada, puesto que el asunto resulta tan asombroso que me cuesta incluso a mí mismo aceptar que sucedió alguna vez. Me convertí a lo largo de tres años en la marioneta de una fantasía extraña y demoníaca. Tened presente, no obstante, que yo, un humilde cura de pueblo, me he acostado muchas noches con la carga en mis sueños (ojalá que Dios pudiera conseguir que solo fuera un sueño) de un reo, un peso propio de una existencia entregada al mundo, al desenfreno, como un Sardanápalo.
La simple contemplación excesivamente satisfecha de una mujer podría haber arrastrado a mi alma a la condenación; pero, al contar con el apoyo de Jesús y de mi santo patrón, finalmente conseguí expulsar de mí la perversa obsesión que me dominaba. Mis actividades normales se habían visto alteradas durante las noches, momento en que mis actos eran muy distintos de los que correspondían a mi cargo. A lo largo del día, yo me comportaba como un simple sacerdote, puro, entregado al rezo y a las tareas de mi parroquia. Durante la noche, en cambio, justo cuando llegaban los sueños, me transformaba en un joven y apuesto galán, conocedor de las mujeres, de los caballos y hasta de los perros, campeón del juego de dados, bebedor y de soez palabrería.
Y al amanecer, nada más abandonar el lecho, tenía la sensación de que era justamente entonces cuando estaba dormido, por lo que entendía que mi sueño consistía en desempeñar, una y otra vez, mis funciones como sacerdote. Todavía conservo recuerdos de ciertas frases y detalles de aquella existencia sonámbula, instantes cuya responsabilidad me es imposible eludir. Pese a que en ningún momento he abandonado mi iglesia, algunos de quienes escuchen esta historia tendrán, seguramente, la impresión de que he recorrido medio mundo, hasta quedar desengañado de las aventuras que se me permitió disfrutar o sufrir, y que justamente por esta causa me dediqué a la religión, como una especie de penitencia, cuando en realidad solo soy un sencillo seminarista que ha pasado toda su vida encerrado en una humilde casa parroquial en el corazón del bosque, sin mantener trato alguno con las cosas de la actualidad.
En efecto, he llegado a amar como nadie lo haya podido hacer en este planeta, entregado a una pasión irracional y violenta; tanto he amado que me extraña no haber perdido hasta el corazón en uno de aquellos arrebatos. ¡Ah, qué noches las mías! ¡Tan inolvidables...!».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«Creo que ella advirtió el suplicio por el que yo estaba pasando y, con la intención de alentarme, me dedicó una mirada cargada de promesas. Sus pupilas me parecieron un poema en el que me comunicaba algo así:
—Si deseas entregarte a mí, solo tienes que dar un paso para ganarte unos placeres que Dios no te ofrecería en su cielo. Conmigo los ángeles te envidiarían. Arranca de ti ese lúgubre hábito que van a ponerte, piensa que yo represento la hermosura femenina, la lozanía, la existencia. Avanza hasta mí, y daremos forma al amor más sublime. ¿Qué puedes encontrar en Iahvé superior a lo que yo te ofrezco? Nuestra vida se desarrollará dentro de un sueño en el que los besos resultarán eternos.
»Arroja al suelo el vino de ese cáliz y serás un hombre libre, porque a mi lado conocerás islas que ni imaginas, descansarás con la cabeza apoyada en mi seno mientras los dos compartimos una cama de oro con dosel de plata. Te quiero y necesito arrancarte de tu Dios, a quien muchos corazones puros entregan su amor sin que él llegue a corresponderlos en la misma medida.
Creí estar escuchando esas frases con una cadencia dulce y eterna, porque sus pupilas transmitían una deliciosa sinfonía cuyos acentos llegaban al interior de mi corazón igual que si estuvieran siendo susurrados por unos labios invisibles. Me hallaba decidido a renegar de Dios y, no obstante, mi cuerpo estaba respondiendo a lo exigido por el ritual religioso. La bellísima muerte me dedicó una nueva mirada de súplica, angustiosa, que me atravesó el corazón con una daga afilada, tantas veces que sentí el pecho tan perforado como el de la Dolorosa.
Todo finalizó. Acababa de convertirme en sacerdote».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«Creo que ha llegado la hora de no haceros perder más tiempo con fracasos y triunfos, a los que siguieron unos profundos derrumbamientos espirituales: os contaré la esencia de mi historia. Una noche fui despertado por una llamada violenta. Mi ama de llaves abrió el portón a un personaje de rostro cobrizo, que iba ricamente ataviado, aunque llevaba ropas extranjeras. Le vi claramente gracias al farol que sujetaba Bárbara. Me di cuenta de que esta se hallaba muy asustada, a pesar de que el extraño intentó tranquilizarla diciendo que necesitaba ayuda: al parecer su señora, una dama importante, se encontraba al borde de la muerte y precisaba mi auxilio.
Me dispuse a acompañarle, por lo que cogí todo lo necesario para la Extremaunción. Ante la puerta resoplaban dos caballos, negros como la noche, y de cuyos cuerpos brotaban extrañas ondas de vapor. Procuré agarrarme al estribo de uno de estos animales, y aquel personaje me ayudó a montar. Pero él no necesitó nada más que una mano para dominar a su propia montura, a la que obligó a cabalgar igual que una flecha.
Como el extraño también sujetaba la brida de mi caballo, me vi sometido a una carrera frenética. El suelo pasaba por debajo de mí a una velocidad inusitada, y las oscuras siluetas de los árboles retrocedían a nuestro alrededor como si escaparan en forma de centellas. Cruzamos una sombría espesura, tan negra y fría que me recorrió el cuerpo un escalofrío de terror supersticioso. Al mismo tiempo, dejábamos una estela de las chispas que producían  las herraduras al golpear sobre las piedras, como un reguero llameante.
Creo que si alguien nos hubiera podido contemplar, habría pensado que éramos dos espectros cabalgando en medio de una pesadilla. Además, nos acompañaban los fuegos fatuos. Las cornejas graznaban en los bosques y los ojos fosforescentes de algún gato salvaje nos seguían desde la espesura. Las crines de los caballos se habían enmarañado, y el sudor se deslizaba a chorros por sus cuerpos.
En el momento que mi acompañante creyó que los animales iban a desfallecer, soltó un aullido gutural, sobrehumano, y clavó espuelas. La carrera prosiguió con mayor velocidad, todo un torbellino. Por último, una sombra negra apareció ante nosotros, y los cascos de las bestias retumbaron sobre un suelo metálico. Cruzamos bajo una bóveda que extendía sus fauces entre dos torreones gigantescos. Pronto advertí que en el castillo reinaba una gran agitación.
Como los criados no dejaban de recorrer los patios y las habitaciones, sus antorchas dibujaban trazos de luz por todas partes. Conseguí ver unas grandiosas formas arquitectónicas: columnas, arcos, escalinatas, balaustradas… Algo que me dio idea de la importancia de los dueños de aquel lugar.
Ante mí apareció un paje negro, en el que reconocí a quien me entregó el portafolios de Clarimonda. Mientras me ayudaba a descender del caballo, pensé en lo peor. Idea que vino a confirmar un mayordomo, vestido de terciopelo oscuro, que llevaba en el cuello una cadena dorada y empuñaba un bastón de marfil. Estaba llorando y las lágrimas humedecían su barba blanca.
—¡Ha llegado demasiado tarde, padre! —se lamentó con la cabeza baja—. Pero ya que usted no pudo salvar su alma, será conveniente que vele su cuerpo».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«Hubiese querido entregarle mi vida para recuperar la suya. Pero la noche seguía su curso, y yo debía marcharme de allí. Por eso no quise privarme del placer de conocer el sabor de sus labios, sin importarme que estuvieran muertos.
¡Oh milagro! Una tenue respiración se unió a la mía, y la boca de Clarimonda respondió al contacto. Sus ojos se abrieron y recuperó un poco de brillo, suspiró y, separando los brazos, con sus manos rodeó mi cuello presa de un arrebato indescriptible.
—¡Ah, si eres tú, Romualdo! —exclamó con un tono lánguido y tan suave como las vibraciones de un arpa—. ¿Qué estás haciendo? Te he esperado durante tanto tiempo, que he terminado por morir; sin embargo, ahora somos novios, podré verte e ir a tu casa. ¡Adiós, Romualdo, adiós! Te amo, es lo único que necesitaba decirte, te debo la vida que me has devuelto con tu beso. Pronto nos encontraremos.
Su cabeza cayó hacia atrás, sin que sus brazos dejaran de rodearme. De repente, un golpe violento abrió las ventanas y entró en la habitación con la mayor violencia. Se agitó el último pétalo de la rosa marchita, hasta que cayó como el ala de un insecto, volando hasta perderse por la ventana abierta. Supe que se estaba llevando el alma de Clarimonda. También se consumió la llama de la lámpara y yo me derrumbé desvanecido sobre el cuerpo del hermoso cadáver».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«No obstante, una noche tuve una pesadilla. Nada más conciliar el suelo, oí que las cortinas de mi cama eran descorridas con fuerza, hasta el punto de que las anillas se desplazaron por la barra ruidosamente. Di un salto para sentarme y pude ver la sombra de una mujer. No tardé en reconocer a Clarimonda. Llevaba en las manos una lamparita como las que se colocan en las tumbas, cuyo resplandor daba una transparencia rosada a su brazo desnudo. Su única vestimenta era el sudario de lino que le habían puesto en su lecho mortuorio, y sostenía los pliegues en el pecho, como si le diera vergüenza mostrarse casi desnuda.
Sin embargo, su manita no era suficiente, ya que, al ser tan blanca, el color del tejido se confundía con el de su piel. Me pareció una estatua de mármol y no una mujer viva. Su hermosura era la misma, salvo por el verde resplandor de sus ojos, que aparecía algo más apagado, y su boca, que había pasado a ofrecer un rosa pálido en lugar del anterior e intenso bermellón de la vida. Las florecillas azules que adornaron sus cabellos ya estaban secas, lo que no restaba fascinación a la totalidad del conjunto, hasta el punto de que, a pesar del modo inexplicable de invadir mi dormitorio, me sentí dominado por el pánico y, además, por la pasión.
Ella dejó la lámpara en la mesilla y se acomodó a los pies de la cama; acto seguido, inclinándose sobre mí, me dijo con esa voz aterciopelada tan suya, que fascinaba hasta la anulación:
—He querido que anhelaras mi presencia, Romualdo, al creer que te había abandonado para siempre. Regreso de muy lejos, de un sitio del que nadie vuelve. En aquel país faltan el sol y la luna, ya que dominan las sombras. Se carece de la tierra sobre la que caminar, luego son innecesarios los senderos. También falta el aire por el cual volar. Sin embargo, me encuentro a tu lado, ya que el amor es capaz de vencer a la muerte. ¡Ay! He contemplado en mi viaje los rostros más lúgubres y los sucesos más terribles. Mi alma ha debido combatir tanto para encontrar la salida de ese mundo, con la ilusión de localizar tu cuerpo, que de nuevo poseeré... ¡Cuánta fuerza precisé para levantar la losa con la que se me había tapado! Observa las palmas de mis manos heridas. ¡Bésalas y se curarán, amor mío!
Me las acercó a la boca y las besé mil veces. Ella me contemplaba con una sonrisa de inefable placer.
Debo reconocer que había olvidado por completo los consejos del padre Serapion. Estaba sucumbiendo sin oponer resistencia, y desde el primer asalto. La frescura de la piel de Clarimonda ya había entrado en contacto con la mía, y me dominaban unos voluptuosos estremecimientos. ¡Mi infeliz niña! A pesar de todo lo que había contemplado, no podía aceptar que fuera un demonio. Satanás jamás escondió de mejor manera sus garras y sus cuernos.
Ella había recogido las piernas sobre los talones y, acurrucada sobre la cama, componía una postura muy sensual. Con sus manos acariciaba mis cabellos, formando rizos igual que si estuviera ensayando peinados. Yo la dejaba hacer complacido, y Clarimonda me susurraba palabras encendidas. Nada me extrañaba debido a que, preso de la fascinación, lo más asombroso me resultaba del todo natural.
—Te he amado mucho antes de haberte conocido, querido Romualdo. Te buscaba por cualquier calle o edificio. Te habías convertido en mi sueño. Al verte en la iglesia solo pude decirme: “¡es él!”. Te dediqué una mirada para que conocieras la fuerza de mis sentimientos, sin importarme que allí delante estuviera el obispo. Hasta un rey se hubiera rendido ante mis ojos; pero tú te mantuviste fuerte al elegir a tu Dios antes que a mí. ¡Ah, qué celosa me sentí en aquel instante, porque amabas a alguien más que a mi persona!
»¡Qué desgraciada! Nunca conseguiré que tu corazón me pertenezca en exclusiva. Cuando me resucitaste con un beso, Clarimonda la muerta recibió las fuerzas suficientes para poder forzar los sellos de su lápida, con el fin de correr a entregarte su cuerpo... y su existencia, que le ha sido devuelta por tu intervención.
Cada una de sus palabras las acompañó con unas caricias delirantes, que aturdieron mis sentidos y mi mente. Hasta el extremo de que proferí una blasfemia al gritar que la amaba más que a Dios.
Sus pupilas adquirieron la intensidad de los crisopacios.
—¿Puede ser eso cierto? ¡Me amas más que a Dios! —exclamó, rodeándome con sus brazos—. Si es cierto, te llevaré conmigo donde me apetezca. Dejarás ese horrible ropaje negro. Te convertiré en el más soberbio de los caballeros. Serás mi único amante. Ser el dueño de las pasiones de Clarimonda, quien llegó a rechazar a un papa, supondrá tu mejor trofeo. ¡Te prometo la vida más dichosa, una brillante existencia! ¿Cuándo partiremos, querido Romualdo?
—¡Mañana mismo! —grité delirante.
—Sea como tú quieres  —replicó—. Dispondré del tiempo necesario para cambiar de vestidos, porque llevo uno demasiado ligero para ir de viaje. Además, he de entrar en contacto con la gente que me llora al creerme muerta. Dinero, ropas, coches, todo se hallará listo, y vendré a buscarte a esta misma hora. ¡Adiós, corazón mío!
Puso sus labios sobre mi frente. De súbito, la luz se apagó y se corrieron las cortinas. Ya no pude ver nada más. Un sueño plomizo se apoderó de mí hasta la mañana siguiente [...]».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«Me había olvidado de cualquier amenaza, y no recordaba que había sido un sacerdote. Tal era la fascinación que me unía a esa mujer. A partir de aquella noche, mi personalidad se duplicó en dos hombres muy diferentes, que se ignoraban el uno al otro: el cura y el caballero. Por el día pensaba que era el primero; y por la noche, pasaba a ser el segundo.
Hasta que llegó un momento en que el caballero libertino se mofaba del casto cura; a la vez que este despreciaba al otro. La existencia que mantenían podía compararse a unas espirales que, a pesar de intentar juntarlas para convertirlas en una sola, jamás llegan a tocarse. Pero debéis creer que en ningún momento consideré haberme vuelto loco. Porque tuve siempre muy clara la idea de mis dos vidas. Solo se presentaba una absurda circunstancia: que la misma identidad perteneciera a dos hombres opuestos. Suponía una anormalidad de la que no era consciente mientras actuaba como el sacerdote del pueblo C*** o como el signor Romualdo, amante fijo de Clarimonda».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«Y un día caí en la cuenta de que la salud de Clarimonda estaba siendo herida por una misteriosa enfermedad. El color de su piel se apagaba. Los médicos que la examinaron no supieron diagnosticar el mal. Se limitaron a recetarle algunos medicamentos; pero no volvieron al palacio. Mientras, ella palidecía continuamente y cada vez estaba más helada. Por momentos semejaba ser tan blanquecina y gélida como aquella noche que la contemplé inerte en el misterioso castillo. Me desesperaba verla marchitarse sin poder brindarle mi socorro. Conmovida por mi dolor, ella me dedicaba unas dulces sonrisas, sin evitar esa expresión de quien sabe que va a morir.
Una mañana que estaba desayunando en una mesita, cerca de su cama, porque no me hallaba dispuesto a separarme de ella ni un minuto, me hice un corte bastante profundo en un dedo al pelar una fruta. La sangre brotó en el acto, formando un reguero purpúreo, salpicándole unas gotas a Clarimonda. Entonces sus ojos se iluminaron, su rostro cobró un gesto de salvaje alegría que nunca antes había visto y saltó de la cama con la agilidad de un gato, sin poder reprimirse, como hipnotizada por la sangre.
Sujetó mi dedo con una de sus manos, puso los labios sobre la herida y, en el acto, se entregó a succionar mostrando una voluptuosidad indescriptible. Tragaba la sangre a pequeños sorbitos, muy despacio, como un gourmet que saborea un vino de Jerez o de Siracusa. Tenía los párpados entornados, y sus verdes pupilas ya no eran redondas sino alargadas. Hacía unas pausas para besar mi mano y, luego, volvía a presionar sus labios contra mi herida para extraer más gotitas rojas.
En el momento en que ya no pudo obtener más sangre, se levantó con los ojos humedecidos y resplandecientes, ruborizada como los amaneceres de mayo, visiblemente complacida. Su diestra había adquirido un tono tibio y húmedo, y aparecía más bella que nunca. Estaba curada.
—¡Ya nunca moriré! ¡Tú me darás la vida! —exclamó loca de satisfacción, agarrándose a mi cuello—. Podré entregarte mi amor durante mucho tiempo. Mi existencia se hallará unida a la tuya y todo mi ser dependerá de ti. Solo unas gotas de tu noble y apetitosa sangre, más valiosa que todos los elixires del mundo, me han devuelto a la vida».
«La muerta enamorada», Théophile Gautier.


«Queriendo impedir las alucinaciones, procuraba mantener los ojos abiertos al meterme en la cama, hasta que la arena del adormecimiento terminaba doblegándome. Entonces aparecía Serapion exhortándome a que siguiera luchando. Una noche me ofreció este consejo:
—Tan solo existe un remedio para libraros de esa obsesión. A pesar de ser una medida extrema, los dos la llevaremos a la práctica. Conozco el cementerio donde se encuentra la tumba de Clarimonda. La desenterraremos para que veáis el lamentable estado en que se encuentra quien ha secuestrado vuestro amor. Debéis recuperar el alma lo antes posible. Esto sucederá en el momento en que tengáis delante un cuerpo devorado por los gusanos y a punto de transformarse en polvo. ¡Así entraréis en razón!
Acepté el trato porque ya estaba cansado de mantener una doble vida. Necesitaba averiguar quién era víctima de la ilusión, si el sacerdote o el libertino caballero, para así acabar con uno u otro. También cabía la posibilidad de que debiera eliminar a los dos. El padre Serapion cogió un pico, una pala y una linterna. A medianoche, llegamos al cementerio de ****, donde él se movió con seguridad. Luego de aproximar la luz a las inscripciones de algunas lápidas, llegamos ante una piedra, medio oculta entre las altas hierbas, que aparecía mordida por el musgo y las plantas parásitas. Allí desciframos el comienzo de la siguiente inscripción:
“Aquí fue enterrada Clarimonda,
a la que se consideró en vida
la más bella del mundo”.
—Es esta —dijo Serapion.
Dejó en el suelo la linterna, introdujo la punta de la pala en la zona baja de la piedra y empezó a levantarla. Consiguió desplazarla y, en seguida, se entregó a picar con ahínco. Lo dejé trabajar en medio de la oscuridad, hasta que lo vi sudar copiosamente y jadear casi agotado. Componíamos un espectáculo muy singular, que cualquiera hubiese considerado propio de unos profanadores de tumbas. Serapion se entregaba a su tarea con tal empeño que más parecía un demonio que un ángel. Su expresión bajo el resplandor de la linterna no tenía nada de tranquilizadora.
Advertí en mis brazos una sensación fría, y mis cabellos empezaron a erizarse. Porque estaba considerando el trabajo de aquel viejo sacerdote como un sacrilegio abominable, y llegué a desear que de la tierra surgiese un fuego que lo aniquilara en el acto.
Los búhos posados en los cipreses se movían inquietos por los reflejos de la linterna. Algunos descendían a golpear con sus alas los cristales, gimiendo lastimosamente. Desde el fondo nos llegaban los chillidos de los zorros, a los que acompañaban infinidad de otros ruidos siniestros. Finalmente, el pico de Serapion chocó con un ataúd, y los tablones retumbaron con un ruido sordo, con ese horrible sonido que origina lo vacío cuando es tocado. Arrancó la tapa y pudimos contemplar a Clarimonda: pálida como el mármol, con las manos juntas; su blanco sudario daba forma a un solo pliegue que iba desde la cabeza a los pies. Una roja gota resplandecía en la comisura de sus labios igual que una rosa. Al descubrirla, Serapion se encolerizó.
—¡Aquí estás, diabólica cortesana, chupadora de sangre y de oro!
En seguida, roció de agua bendita el cuerpo y todo el ataúd y, luego, dibujó una cruz con el hisopo. En el mismo instante que dio comienzo a esta labor, el hermoso cuerpo de Clarimonda se fue convirtiendo en polvo, hasta quedar reducido a una repugnante combinación de cenizas y huesos calcinados.
—Aquí tenéis a vuestra amante, señor Romualdo —dijo el cruel sacerdote, señalando los tristes despojos—. ¿Os atreveréis a pasear por el Lido y la Fusine con esta hermosura?
Agaché la cabeza, sabiendo que solo quedaban rescoldos en el interior de mi recuerdo. Regresé a mi parroquia, y el signore Romualdo, el libertino amante de Clarimonda, se alejó para siempre del infeliz cura, que durante tanto tiempo había sido su amarga compañía.
Sin embargo, la noche siguiente volví a tener delante a Clarimonda, tan bella como la primera vez, en el pórtico de la iglesia.
—¡Estúpido, estúpido! ¿Por qué has permitido que actuara ese cura ignorante? ¿Es que yo no te proporcionaba felicidad? ¿Qué ofensa te he hecho para que permitieras que violara mi tumba y se pusieran al descubierto las miserias de mi nada? Tú mismo has destruido todo vínculo de unión entre los dos; y ya nunca nuestros cuerpos volverán a estar juntos. ¡Adiós para siempre! ¡Sé que jamás podrás olvidarme!
De repente, se volatilizó en el aire como lo hace el humo al ser arrastrado por una brisa violenta. Nunca volví a verla...
¡Ay de mi destino! Ella tenía razón: la he recordado infinidad de veces, y todavía continúa en mi memoria como una carga de frustración. Por conseguir la tranquilidad de mi alma pagué el peor de los precios. Nunca el amor de Dios será capaz de ocupar el lugar del suyo».

«La muerta enamorada», Théophile Gautier.

Citas de El caballero de la Rosa Negra y de El espectro de la Rosa Negra

—«—¡Todavía nos oye!
—¡No nos presta atención!
—La rosa destrozada por el fuego se ha doblado hacia dentro, lejos de nosotras, lejos de su condenación.
—Pero se moverá, hermanas. La primera oscuridad en la oquedad de la luz despertará. Una vez más, sentirá como nuestra canción azota su detenido corazón».
El caballero de la Rosa Negra, James Lowder.


—«Un suave y desagradable sonido ocupó con rapidez el vacío. Era una voz, tan profunda y desolada como una sima sin fondo. Zarandeaba el espíritu y helaba la sangre, y Gesmas descubrió que estaba paralizado.
—¿Qué es lo que oyes? —gritó Malocchio Aderre, pero su sirviente no podía responder.
El zumbido de la voz se había convertido en una canción, un canto fúnebre de fe destrozada y amor traicionado. Era la historia de Lord Soth, cantada por el mismo caballero tres veces maldito.
Las palabras de aquel canto horrible se reunieron a lo largo de la frontera, pero no fueron más allá. Se fundieron en forma de tallos espinosos que se alzaban hacia el cielo y, con cada nueva estrofa del lamento de Soth, los tallos se alargaban más hacia las alturas, hinchándose en los extremos con capullos fuertemente cerrados. Luego el canto se tornó discordante, el relato confuso y la ordenada hilera de tallos se enredó. Las espinas se desgarraron entre ellas y las heridas que dejaban derramaban espesas lágrimas viscosas.
Gesmas sintió que la canción enraizaba en su mente. La melodía enviaba zarcillos al interior de sus pensamientos, seleccionando recuerdos que el espía había vallado con cuidado. Se introducían en sus acciones más horrorosas, en las reflexiones más malsanas y horrendas que las rodeaban, y absorbían su vileza.
El impulso de expulsar aquel veneno abrumó al joven y él mismo empezó a cantar. Sus crímenes —y los de las otras almas del territorio ocupado por fantasmas— crearon una espantosa armonía que hinchó los capullos de los extremos enmarañados de los tallos. Finalmente, cuando ya no pudieron añadirse más voces al coro, las flores se abrieron.
Eran rosas negras. Sus pétalos ocultaron el cielo e inundaron el mundo con el aroma de la corrupción».
El espectro de la Rosa Negra, James Lowder y Voronica Whitney-Robinson.


—«Estaba delgada hasta extremos imposibles y era más alta que cualquier hombre que Ganelon hubiera visto. Un pelo largo y fino cubría toda su anatomía, de un gris blanquecino allí donde la porquería y los excrementos no lo habían enmarañado. Unos brazos que parecían doblarse en sentido equivocado le colgaban hasta más debajo de las rodillas. Las manos situadas en los extremos de aquellos miembros deformes estaban dotadas de unos dedos finos que se retorcían constantemente y trazaban groseros dibujos en el aire. Aquellos ágiles dígitos insinuaban algo horrible respecto a la Bestia; ocultos bajo la corrupción se hallaban los tenues vestigios de una belleza tan profunda que ni toda la mugre del mundo podía ocultar.
Una mirada lasciva hendió el rostro retorcido de la Bestia; sin embargo también su cara contenía restos de magnificencia. Su cráneo simiesco, casi descarnado en la coronilla, poseía los prominentes pómulos de un elfo de familia noble. Úlceras supurantes ocultaban casi aquel detalle, del mismo modo que una secreción naranja oscurecía sus brillantes y penetrantes ojos. La supuración brotaba de los rabillos de sus ojos y cubría las órbitas con una fina película, y de vez en cuando, babeaba por sus mejillas en forma de lágrimas de putrefacta corrupción.
La visión de aquella malvada criatura paralizó de tal modo a Ganelon que éste no se dio cuenta de la multitud que iba reuniéndose a su alrededor. La ladera de la colina estaba abarrotada de enajenados que se arrastraban en dirección a la Bestia como si fueran suplicantes, con las manos extendidas, los ojos desviados. La criatura sonreía con afectación ante su reverencia y escupía a aquellos que se acercaban demasiado».

El espectro de la Rosa Negra, James Lowder y Voronica Whitney-Robinson.