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viernes, 14 de marzo de 2014

Citas de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

Tal y como hicimos con Águilas y cuervos, aquí tenéis reunidas las citas de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. En negrita está nuestro pie forzado de la noche (en lo que a las citas se refiere).


«Cuando me desperté, estaba amaneciendo. La fría luz que salpicaba los cristales ―restos de hielo y de mi propio sueño― me hizo dudar por un instante de si, en efecto, la nieve no habría profanado ya la casa y yo estaría ahora sepultado bajo ella. Desde la ventana, mientras me vestía, contemplé la calle. Había cesado de nevar; pero una niebla espesa, cuajada de amenazas, cubría ahora los árboles y los tejados más cercanos. Una niebla profunda y apretada en la que ―imaginé― se fundiría mansamente un día más el humo de la chimenea de esta casa. En la cocina, sin embargo, el fuego de la lumbre permanecía aún apagado y no encontré a Sabina por ninguna parte. Salí al portal en busca de la perra; pero tampoco estaba. Y, entonces, de repente, como si la luz de la mañana hubiera golpeado con violencia mis sentidos y el infinito desamparo de la casa me estallara entre las manos, una sospecha súbita se apoderó de mí convirtiendo el silencio en una nueva pesadilla y el sueño de la noche en un presentimiento.
En la calle, la niebla se agarraba a las paredes y la humedad helada de la escarcha hacía ya invisible cualquier rastro reciente de pisadas. Un inmenso silencio llenaba todo el pueblo, introducía su larga lengua sucia hurgando en la penumbra de las casas la herrumbre del olvido y el polvo amontonado por los años. […]».


Julio Llamazares, La lluvia amarilla.



«El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración. Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento ―el mío coincidió con la muerte de mi madre― en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo. A partir de ese instante, ya nada vuelve a ser igual que antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero ―igual que el que la nieve desprende al derretirse― que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y, así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse».

Julio Llamazares, La lluvia amarilla.

«El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración. Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento ―el mío coincidió con la muerte de mi madre― en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo. A partir de ese instante, ya nada vuelve a ser igual que antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero ―igual que el que la nieve desprende al derretirse― que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y, así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse».

Julio Llamazares, La lluvia amarilla.


«El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración. Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento ―el mío coincidió con la muerte de mi madre― en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo. A partir de ese instante, ya nada vuelve a ser igual que antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero ―igual que el que la nieve desprende al derretirse― que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y, así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse».

Julio Llamazares, La lluvia amarilla

Citas de Águilas y cuervos, de Pauline Gedge

Reunimos en esta única entrada todas las citas que leímos de Águilas y cuervos, de Pauline Gedge.

«Si ella le irritaba últimamente, Caradoc lo atribuía a la llegada del invierno, el tiempo en que los hombres esperaban los meses venideros con cinturones ajustados y vientres vacíos, el tiempo del año en que él se limitaba a existir».


Pauline Gedge, Águilas y cuervos.

«A Cunobelin y a su familia no les gustaba particularmente el arte nativo. Preferían los rostros honrados y francos, y los diseños de los alfareros y orfebres romanos, dado que a veces, en una solitaria noche de invierno, las obras complejas y calladas de los artistas nativos parecían cobrar vida y moverse con suavidad, hablando de un tiempo en que los catuvelaunos habían sido una mera advertencia sombría y cargada de presagios traída por la brisa nocturna».

Pauline Gedge, Águilas y cuervos.


«Ese invierno se redescubrieron mutuamente con lentitud y curiosidad, cons-cientes de que, para cada uno, el otro había cambiado de forma irreversible. Ya nada quedaba de aquellos jóvenes que se habían unido en matrimonio tiempo atrás sobre la hierba soleada de Camalodúnum. No obstante, era una aventura, una odisea. Nacieron nuevos placeres. Murieron viejos hábitos. Sólo a veces, en las noches largas y frías, en la intimidad de cada uno, añoraban el pasado y la pareja que habían sido».

Pauline Gedge, Águilas y cuervos.


«Sólo Emrys se aventuraba afuera para deambular por las colinas silenciosas y veladas por el invierno. En las ondulaciones profusas de los riscos y el colorido gris irregular de los bosques, buscaba la forma de volver a ser un hombre entero. Pero las elevaciones de las cimas resplandecientes pertenecían a Sine, así como el brillo cegador del sol nuevo sobre el hielo. Las huellas profundas de los ciervos y los lobos, el ruido glacial del agua sobre las piedras, hasta el aire mismo, frío e insípido, le decían que él y ella juntos habían creado recuerdos en estas montañas que permanecerían en su lengua, en su nariz, ante sus ojos, siempre que se viera forzado a errar entre sus piedras. Lloró con los arroyos y gritó su nombre con el cortante viento invernal. Por las noches, los lobos aullaban por ella, la luna la buscaba, pero aunque Sine le hablaba desde las profundidades de cada escarpado valle que recorría, no volvió a él. Los días eran días de una soledad devastadora. Las noches eran horas de un ayer ya muy lejano. Cuando el sol volvió a calentar la tierra, Emrys abandonó sus vagabundeos».

Pauline Gedge, Águilas y cuervos.


«La nieve se había transformado en lluvia, pero cuando los cielos volvieron a despejarse, la temperatura había descendido y se mantuvo lóbregamente baja, con los carámbanos colgando de los aleros de las chozas y las casas. Boudicca estaba abatida y tensa, inmersa en un estado de ánimo causado por algo más que el lento sufrimiento que le producía la muerte de su esposo, pero culpaba al clima. El invierno era duro para hombres y animales, y ese invierno presagiaba ser el más duro de todos. El bosque denso estaba paralizado de frío y los árboles, erguidos con una rigidez quebradiza, resplandecían con la escarcha. El río comenzó a congelarse. Hombres y bestias se apiñaban juntos con la misma expectación irracional y melancólica, y ni siquiera el frío resplandor del sol de mediodía sobre la diáfana blancura de los pantanos lograba levantarles el ánimo. Sentían que la primavera no llegaría nunca y que, de hacerlo, sería demasiado tarde...; para qué, no podían explicarlo. Lo único que sabían era que la muerte de Prasutugas había significado el fin de algo irreemplazable y hasta ese momento, no había nada que llenara ese vacío, y quizá nunca lo habría. La tribu era como un bote sin remos que se mecía fuera del alcance de una corriente bulliciosa».

Pauline Gedge, Águilas y cuervos.

Cita de Harem, de Colin Falconer


«Se encogió de hombros, buscó un lugar fresco a la sombra de la fuente, se sentó, con las piernas cruzadas, al estilo osmanlí, y desplegó el pañuelo sobre su regazo. Sacó la aguja y cogió el bordado. El corazón le latía de modo salvaje en el pecho y, por primera vez en su vida, le resultó difícil cantar. Se obligó a tararear una tonada de amor que le había enseñado su madre, sobre un muchacho cuyo caballo caía en la nieve y le atrapaba debajo de sí; mientras se moría a bocanadas en la estepa invernal, el joven contaba al viento lo mucho que amaba a cierta joven, a la que no había tenido el valor de declararse. Rogaba al viento que trasladara sus palabras a través de la llanura para que la doncella se acordara de él. Era una estúpida canción sentimental, pensó Hürrem, pero siempre le había gustado la música y, al final, la letra afluyó a su memoria».

Harem, Colin Falconer


Esta cita, que buscaba el reto de crear la letra de la canción que menciona pero no explicita, finalmente despertó ciertos recuerdos en la memoria de nuestra amiga Virginia Miguel Silva, quien terminó animándose a cantarnos el Romance del conde Olinos. No la grabamos, pero aquí os dejamos una versión del magnífico Joaquín Díaz:








martes, 5 de noviembre de 2013

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Llegamos a una avenida que conducía al estanque central, y los pavos reales, que hasta entonces nos habían seguido, de pronto se dispersaron con gran ruido, a través de los macizos y los prados del jardín.
Aquella avenida, muy ancha, estaba bordeada a cada lado de árboles muertos, inmensos tamarindos cuyas gruesas ramas desnudas se entrecruzaban en duros arabescos sobre el cielo. En cada árbol se había cavado un nicho. La mayoría estaban vacíos; algunos contenían cuerpos de hombres y mujeres violentamente retorcidos y sometidos a suplicios repulsivos y obscenos. Delante de los nichos ocupados, una especie de secretario judicial vestido de negro se detenía de pie, muy serio, con un escritorio sobre el vientre y un registro en las manos.

—Es la avenida de los acusados —me dijo Clara—. Y estos hombres que ves de pie están ahí solo para recoger las confesiones que el sufrimiento prolongado podría arrancar a esos infelices. No suelen confesar... prefieren morir así antes que tener que arrastrar su agonía en las jaulas del penal y finalmente perecer en otros suplicios. Generalmente los tribunales no abusan de la acusación, salvo en casos de delitos políticos. Suelen juzgar en bloque, por hornadas, a la buena de Dios. Por otra parte, ya ves que los acusados no son numerosos y que casi todos los nichos están vacíos. Pero eso no quita que la idea sea muy ingeniosa. Creo que la han tomado de la mitología griega. Es una transposición, a lo horrible, de la encantadora fábula de las dríades, cautivas en los árboles».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Su palabrería, su voz, me irritaban. Desde hacía unos minutos, ni siquiera percibía su belleza. Sus ojos, sus labios, su nuca, sus pesados cabellos de oro, e incluso los ardores de su deseo, y hasta la lujuria de su pecado, ahora todo en ella me parecía repulsivo. Y de ese escote entreabierto, de la desnudez rosa de su pecho, donde tantas veces yo había respirado, había bebido, había mordido la embriaguez de perfumes excitantes, ahora se elevaba la exhalación de una carne putrefacta, de aquel pequeño montón de carne putrefacta que era su alma... Varias veces intenté interrumpirla con un violento ultraje, cerrarle la boca con mis puños, torcerle la nuca... Sentía surgir en mí un odio tan salvaje contra aquella mujer que, agarrándola del brazo rudamente, grité con voz enloquecida:
—¡Cállate, por Dios, cállate ya! ¡No vuelvas a hablarme nunca, nunca más! ¡Porque tengo ganas de matarte, demonio, debería matarte y después tirarte al pudridero, porque no eres más que carroña!
A pesar de mi exaltación, tuve miedo de mis propias palabras. Pero para hacerlas ya irremediables repetí, magullándole el brazo con mis manos enloquecidas.
—¡Carroña, carroña, carroña!
Clara no hizo ningún movimiento de defensa, ni siquiera con los ojos. Adelantó el cuello, ofreció el pecho. Su rostro se iluminó con una alegría desconocida y resplandeciente. Simplemente, lentamente, con una dulzura infinita, dijo:
—Pues bien, mátame, querido. Me gustaría morir por tus manos, amado de mi corazón...
Aquello había sido un relámpago de rebelión en la larga y dolorosa pasividad de mi sumisión. Se apagó con la misma rapidez con que había nacido. Avergonzado del grito insultantemente ruin que había proferido, solté el brazo de Clara y toda mi cólera, debida a la excitación nerviosa, se fundió súbitamente en un gran abatimiento.
—¡Ya ves! —dijo Clara, que no quiso aprovecharse más de mi lamentable derrota ni de su triunfo demasiado fácil—. Ni siquiera tienes valor para eso, que habría sido hermoso. ¡Pobre niño!

Y como si nada hubiese ocurrido entre nosotros, continuó contemplando con mirada apasionada el espantoso drama de la campana».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Pero resultaba difícil avanzar. Las plantas, los árboles, la atmósfera, el suelo... Todo estaba lleno de moscas, de insectos ebrios, de coleópteros fieros y guerreros, de mosquitos ahítos. Toda la fauna de los cadáveres eclosionaba allí por miríadas, a nuestro alrededor, bajo el sol... Larvas inmundas se retorcían en los charcos rojos, caían de las ramas en blandos racimos... La arena parecía respirar, parecía caminar, levantada por un movimiento, un pulular de vivda vermicular. Nosotros, ensordecidos, cegados, nos veíamos detenidos a cada momento por aquellos enjambres zumbadores que se multiplicaban y me hacían temer que Clara sufriera picaduras mortales. ¡Y, a veces, teníamos la horrible sensación de que los pies se nos hundían en la tierra empapada, como si hubiese llovido sangre!
—¡Todavía no has visto nada! —repetía Clara—. ¡Sigamos avanzando!

Y he aquí que, para completar el drama, aparecieron rostros humanos... Equipos de obreros que, con paso indolente, venían a limpiar y reparar los instrumentos de tortura, pues ya había pasado la hora de las ejecuciones en el jardín. Nos miraron, sin duda extrañados de encontrar en aquel momento y en aquel lugar a dos seres aún vivos y que conservaban la cabeza, los brazos y las piernas. Más lejos, agachado en el suelo, en la postura de un buda de adorno, vimos a un alfarero barrigudo y bonachón que barnizaba jarros para flores, acabados de cocer; a su lado, un cestero, con dedos indolentes y certeros, trenzaba con flexibles juncos y paja de maíz ingeniosas protecciones para las plantas; en una muela, un jardinero afilaba su navaja de injertar entonando melodías populares, mientras una mujer, masticando hojas de betel y balanceando la cabeza, fregaba plácidamente una especie de fauces de hierro cuyos agudos dientes todavía conservaban en la punta inmundos restos humanos. También vimos a unos niños que mataban ratas a bastonazos, y las metían en cestos. Y, a lo largo de las empalizadas, famélicos y feroces, arrastrando el imperial esplendor de su ropaje por el fango sanguinolento, los pavos reales: bandadas de pavos reales atrapaban con el pico la sangre que surgía del corazón de las flores, y con cloqueos carnívoros devoraban las piltrafas de carne pegadas a las hojas».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—Venga amigos, daos prisa... En el lugar al que os dirigís hay todavía más dolores, más suplicios, más sangre que mana y gotea hasta el suelo... Más cuerpos retorcidos, desgarrados, jadeando sobre planchas de hierro... Más carnes destrozadas balanceándose en las cuerdas de los cadalsos... Más espanto y más infierno... Venga, queridos, seguid adelante con los labios unidos y las manos cogidas. Y mirad entre el follaje y los emparrados, mirad cómo se desarrolla el infernal diorama y la diabólica fiesta de la muerte».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«En cuanto Clara hubo desaparecido detrás del follaje del jardín, me asaltó el remordimiento de estar allí. ¿Por qué había vuelto? ¿A qué locura, pues, a qué cobardía había cedido? Recordará el lector que una vez, en el barco, ella me dijo: “Cuando seas demasiado infeliz, te irás!”. Yo me creía fortalecido por todo mi pasado infame... y no era en realidad más que un niño estúpido e inquieto. ¿Infeliz? ¡Oh, sí, lo había sido hasta las peores torturas, hasta el más prodigioso desprecio hacia mí mismo! ¡Y me había marchado! Por una ironía realmente persecutoria, para huir de Clara había aprovechado el paso por Cantón de una misión —parecía destinado a las misiones— que iba a explorar las regiones poco conocidas de Annam. Tal vez significaba el olvido, tal vez la muerte. Había pasado dos años, dos largos y crueles años andando... andando. Y ello no había significado ni el olvido ni la muerte. A pesar de las fatigas, de los peligros, la maldita fiebre, ni por un día, ni por un minuto había podido curarme del espantoso veneno que había inoculado en mi carne aquella mujer, y yo sabía que lo que me ataba a ella eran la horrenda podredumbre de su alma y sus crímenes de amor, y que yo mismo era un monstruo, y que me gustaba ser un monstruo. Yo había creído —¿lo creí realmente?— elevarme gracias a su amor, pero en realidad había descendido más abajo, hasta el fondo del abismo envenenado de cuyo olor, una vez respirado, uno no se recupera jamás. Muchas veces, en el corazón de las junglas, poseído por la fiebre después de la etapa, en mi tienda, creí matar mediante el opio la monstruosa y persistente imagen, pero el opio me la evocaba más poderosa, más viva, más imperiosa que nunca. Entonces le escribí unas cartas locas, insultantes, imprecatorias; unas cartas en las que la más violenta execración se mezclaba con la más sumisa de las adoraciones. Ella me respondió con unas cartas encantadoras, inconscientes y quejosas, que a veces encontraba en las ciudades y los puestos por donde pasábamos. Ella también se declaraba infeliz por mi abandono; lloraba, suplicaba, me llamaba… No encontraba más excusa que esta: “Comprende pues, querido mío —me escribía—, que yo no tengo el alma de tu horrible Europa. Yo llevo en mí el alma de la vieja China, que es mucho más hermosa”. Ah, cómo pude resistirme durante tanto tiempo al mal deseo de abandonar a mis compañeros y volver a aquella ciudad maldita y sublime, a aquel infierno delicioso y torturante donde Clara respiraba y vivía en medio de voluptuosidades desconocidas y atroces que ahora me hacían morir por no participar en ellas. Y volví a ella, como el asesino regresa a la escena del crimen».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—Ya verás cómo es apasionante... ¡Tan apasionante! No puedes hacerte una idea, amor mío. Y cuánto mejor te amaré esta noche... Qué locamente te amaré esta noche... Traga, corazón, anda, traga.
Y, como yo seguía triste y dubitativo, para vencer mis últimas resistencias, dijo con un oscuro brillo en los ojos:

—Escucha... He visto colgar a ladrones en Inglaterra, he visto corridas de toros y dar garrote a los anarquistas en España. En Rusia, he visto como unos soldados azotaban hasta la muerte a bellas muchachas, y en Italia he visto fantasmas vivientes, espectros de hambre desenterrando a los muertos por cólera para devorarlos con avidez. He visto, en la India, a la orilla de un río, a miles de hombres desnudos retorciéndose y muriendo entre los horrores de la peste. En Berlín, una noche, vi a una mujer a la que había amado el día antes, una espléndida criatura en mallas rosa, devorada por un león en una jaula. Todos los horrores, todas las torturas humanas, yo las he visto. ¡Era muy hermoso! Pero no he visto nada tan bello, nada, ¿comprendes?, como esos presidiarios chinos... Es más hermoso que todo lo demás. No puedes imaginar, te lo juro, no puedes imaginar qué es... Annie y yo no faltábamos ni un miércoles. ¡Ven, te lo ruego!».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—¡Pobre criatura! Tú que te creías un gran disoluto... Un gran rebelde... ¡Ah!, tus pobres remordimientos, ¿te acuerdas? Y ahora resulta que tu alma es más tímida que la de un niño pequeño...
¡Era verdad! Por mucho que yo alardeara de ser un sinvergüenza intransigente, de estar por encima de todos los prejuicios morales, de vez en cuando todavía escuchaba las voces del deber y del honor que, en ciertos momentos de depresión nerviosa, subían desde las turbias profundidades de mi conciencia. ¿El honor de quién? ¿El deber de quién? ¡Qué abismo de locura es la mente del hombre! ¿En qué mi honor —¡mi honor! — estaba comprometido, en qué desertaría yo de mi deber si en vez de morirme de aburrimiento en Ceilán, proseguía el viaje hasta la China? ¿Realmente me había metido tanto en la piel de un sabio para imaginarme que iba a “estudiar la jalea pelágica”, descubrir “la célula”, sumergiéndome en los golfos de la costa cingalesa? Esa idea, totalmente grotesca, de tomar en serio mi misión de embriólogo, pronto me devolvió a la realidad de mi situación. ¡Cómo! La suerte, el milagro había querido que conociera a una mujer divinamente bella, rica, excepcional, a la que amaba y que me amaba, y que me ofrecía una vida extraordinaria, placeres sin fin, sensaciones únicas, aventuras libertinas, una protección fastuosa... En fin, la salvación, y más que la salvación, ¡la alegría! ¿Y yo iba a dejar escapar todo eso? Una vez más, el demonio de la perversidad —ese estúpido demonio al que, por haberle obedecido estúpidamente, debía todas mis desgracias— ¿intervendría de nuevo para aconsejarme una resistencia hipócrita contra un acontecimiento inesperado que tenía algo de cuento de hadas, que no se repetiría jamás, y que yo deseaba ardientemente, desde lo más profundo de mí mismo, que se realizara? ¡No y no! ¡Qué idiotez, bien pensado!
—Tienes razón —le dije a Clara, atribuyendo únicamente a la derrota amorosa una sumisión que contenía también todos mis instintos de pereza y desenfreno—. Tienes razón. No sería digno de tus ojos, de tu boca, de tu alma... de todo ese paraíso y ese infierno que tú eres, si siguiera dudando por más tiempo. Y además... yo no podría... yo no podría perderte. Puedo concebirlo todo excepto eso. Tienes razón, soy tuyo... Llévame adonde quieras. Sufrir... morir... ¡no importa! Puesto que tú, a quien todavía no conozco, tú eres mi destino.
—Bebé, mi bebé... —dijo Clara en un tono singular, en el que no supe distinguir la expresión auténtica, si era alegría o piedad.
Después, casi maternal, me aconsejó:
—Ahora no te preocupes de nada más que de ser feliz. Quédate aquí y contempla la isla maravillosa. Yo voy a arreglar con el comisario tu nueva situación a bordo.
—Clara...
—Descuida, yo sé lo que hay que decir.
Y cuando yo iba a objetar algo, ella añadió:
—¡Chitón...! ¿No eres tú mi bebé, mi cariño? Tienes que obedecerme... Además, tú no sabes...

Y desapareció, mezclándose con la multitud de pasajeros apiñados en la cubierta, muchos de los cuales acarreaban ya las maletas y el equipaje de mano».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—Eres un niño —repitió Clara—. Y hablas como en Europa, cariño. Y tienes escrúpulos idiotas, como en Europa. En la China la vida es libre, feliz, total, sin convenciones, sin prejuicios, sin leyes... Por lo menos para nosotros. La libertad no tiene más límites que uno mismo, y el amor solo lo limita la variedad triunfante del propio deseo. Europa y su civilización hipócrita y bárbara es la mentira. ¿Qué otra cosa hacéis en Europa más que mentir, mentiros a vosotros mismos y a los demás, mentir a todo lo que, en lo más hondo de vuestras almas, reconocéis como verdadero? Os veis obligados a fingir un respeto exterior hacia personas e instituciones que sabéis absurdas y seguís cobardemente ligados a unas convenciones morales o sociales que despreciáis y condenáis, que sabéis totalmente faltas de cualquier fundamento. Esta permanente contradicción entre vuestras ideas, vuestros deseos y todas las formas de vida muertas, todos los vanos simulacros de vuestra civilización, es lo que os hace tristes, confusos, desequilibrados... En este conflicto intolerable, perdéis toda la alegría de vivir, toda sensación de personalidad, porque a cada momento os comprimen, os impiden y detienen el libre juego de vuestras fuerzas. Esta es la herida envenenada, mortal, del mundo civilizado. Entre nosotros las cosas son muy diferentes, ya lo verás. Poseo en Cantón, entre jardines maravillosos, un palacio en el que todo está dispuesto para la vida libre y el amor. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué dejas atrás? ¿Quién se preocupa por ti? Cuando ya no me quieras, o cuando seas demasiado infeliz, te irás...».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Una vez estábamos mi amiga y yo apoyados uno junto a otro en la barandilla, mirando el mar y mirando el cielo. El día estaba a punto de terminar. En el cielo, grandes pájaros, alciones azules, seguían al navío balanceándose con exquisitos movimientos de bailarina; en el mar, bancos de peces voladores se levantaban al acercarnos nosotros y, brillantes bajo el sol, iban a posarse más allá para alzar el vuelo rozando el agua, de un azul turquesa vivísimo aquel día... Después, bancos de medusas, medusas rojas, medusas verdes, medusas púrpuras y rosas y malvas, flotaban como montones de flores sobre la superficie blanda, y tan magníficas de color que Clara, a cada instante, lanzaba gritos de admiración señalándomelas. Y de repente me preguntó:
—Dígame, ¿cómo se llaman esos animales maravillosos?
Yo habría podido inventarme nombres extraños, encontrar terminologías científicas. Ni siquiera lo intenté. Llevado por una inmediata, espontánea, violenta necesidad de franqueza, le dije firmemente:
—No lo sé.
Sentí que me estaba perdiendo... Que todo aquel sueño vago y fascinante que había mecido mis esperanzas y adormecido mis ansias, lo perdía sin remisión; que, en una caída más profunda, estaba a punto de sumirme en los lodos inevitables de mi existencia de paria. Me daba cuenta de todo aquello. Pero había en mí algo más fuerte que yo, que me ordenaba lavarme de mis imposturas, de mis mentiras, de aquel auténtico abuso de confianza mediante el cual, de modo cobarde, criminal, había burlado la amistad de un ser que había prestado fe a mis palabras.
—No, de veras, no lo sé —repetí, dando a aquella simple negación un carácter de exaltación dramática que en sí no comportaba.
—¿Cómo puede decir eso? ¿Acaso se ha vuelto loco? ¿Qué le ocurre? —dijo Clara, extrañada del sonido de mi voz y de la extraña incoherencia de mis gestos.
—¡No lo sé, no lo sé, no lo sé!
Y, para dar más fuerza de convicción a aquel triple “No lo sé”, golpeé la barandilla con violencia tres veces.
—¿Cómo que no lo sabe? Un sabio... Un naturalista...
—Yo no soy un sabio, miss Clara... No soy un naturalista... ¡Yo no soy nada! —grité—. Un miserable, sí, soy un miserable. Le he mentido, le he mentido odiosamente. Tiene que conocer al hombre que soy. Escúcheme...
Jadeante, de forma deslabazada, le conté mi vida. Eugène Mortain, Mme. de G..., la impostura de mi misión, toda mi suciedad, mi fango... Experimentaba una alegría atroz en acusarme, en mostrarme más vil, más desclasado, más negro incluso de lo que en verdad era. Cuando hube terminado aquel doloroso relato, le dije a mi amiga, deshecho en lágrimas:
—¡Ahora se acabó! Usted me odiará, me despreciará, como todos, y se alejará de mí con repugnancia. Y tendrá razón. Y yo no me quejaré. ¡Esto es horrible! Pero no podía seguir viviendo así, no quería que siguiera existiendo esta mentira entre usted y yo.
Lloraba desconsoladamente y tartamudeaba palabras sin sentido, como un niño.
—Es horrible... Y yo que... Porque en fin... es verdad, se lo juro... Yo que... Usted me entiende... Un engranaje, eso es, ¡un engranaje!, eso es lo que he sido. Yo no lo sabía. Y después, esa alma de usted... Ah, su alma, su alma querida... Y sus miradas de pureza... y su... su amable... Sí, en fin... Usted ya sabe... su amable acogida... fue mi salvación, mi redención, mi... mi... ¡Esto es espantoso, espantoso! Estoy perdiendo todo eso... ¡Es espantoso!
Mientras yo iba hablando entre lágrimas, miss Clara me miraba fijamente. ¡Oh, aquella mirada! Jamás... No. Jamás olvidaré la mirada que aquella mujer adorable lanzó sobre mí. Una mirada extraordinaria, en la que había a la vez asombro, alegría, piedad, amor —sí, amor—, y también malicia, ironía y… ¡de todo! Una mirada que entraba en mí y me penetraba, hurgaba en mi interior, me perturbaba el alma y la carne.
—Bueno, pues —dijo, simplemente—, la verdad es que no me extraña mucho... Además, creo sinceramente que todos los sabios son como usted.
Sin dejar de mirarme, riendo con la risa tan clara y tan bella que tenía, una risa parecida al canto de un pájaro, añadió:
—Conocí a uno. Era un naturalista... de su estilo. Iba enviado por el gobierno inglés para estudiar en las plantaciones de Ceilán el parásito del cafeto. Pues bien, durante tres meses no salió de Colombo. Se pasaba el tiempo jugando al póquer y emborrachándose con champán.
Y con su mirada fija en mí, una mirada extraña, profunda y voluptuosa clavada en mí, añadió después de unos segundos de silencio, con un tono de misericordia en el que me pareció oír el canto de todas las alegrías del perdón:
¡Ay, menudo sinvergüenza!
Yo no sabía qué más decir, ni si tenía que reír o llorar de nuevo, o bien arrodillarme a sus pies. Así pues, balbuceé tímidamente:
—Entonces... ¿no me guarda usted rencor? ¿No me desprecia? ¿Me perdona usted?
—¡Tonto! —dijo ella—. ¡Tonto más que tonto!
—¡Clara! ¡Clara! ¿Es posible? —exclamé, casi desfalleciendo de felicidad.
Como la campana de la cena hacía tiempo que había sonado y no quedaba nadie en aquella parte de cubierta, me acerqué más a Clara, tanto que noté cómo su cadera se estremecía contra mí y su pecho palpitaba. Cogiendo sus manos, que ella abandonó a las mías, mientras mi corazón saltaba como en una tempestad, exclamé:
—¡Clara, Clara! ¿Me ama usted? ¡Por Dios, se lo suplico! ¿Me ama usted?
Ella replicó débilmente:
—Se lo diré esta noche... En mi camarote.
Vi pasar por sus ojos una llama verde, una llama terrible que me dio miedo. Liberó sus manos del abrazo de las mías, y con la frente súbitamente tachada por un pliegue duro, y con la nuca pesada, se quedó callada mirando el mar.
¿En qué estaba pensando? No lo sé. Y mirando yo también al mar, pensaba: “Mientras fui para ella un hombre normal, no me amó, no me deseó. Pero desde el momento en que ha comprendido quién era, cuando ha respirado el auténtico y pestilente olor de mi alma... Venga, venga... Entonces, ¿lo único verdadero es el mal?”.

Había llegado el ocaso y después, sin crepúsculo, la noche. Una dulzura inexpresable circulaba por el aire. El barco navegaba entre un hervidero de espuma fosforescente. Grandes claridades rozaban el mar, y habríase dicho que unas hadas emergían sus ondas, extendían sus largos mantos de fuego y sacudían y lanzaban, a manos llenas, al océano, hermosas perlas de oro».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Tal y como me había informado el capitán, miss Clara regresaba a la China después de haber repartido el verano entre Inglaterra para sus intereses, Alemania para su salud, y Francia para sus placeres. Miss Clara me confesó que Europa cada vez le inspiraba más disgusto. No podía soportar sus costumbres mezquinas, sus modas ridículas, sus gélidos paisajes. ¡Ella solo se sentía feliz y libre en la China! Mostraba un porte muy decidido, una existencia excepcional, a veces charlaba sin ton ni son, otras veces, con una intensa sensación de las cosas, con una alegría febril llevada hasta lo extravagante. Era sentimental y filosófica, ignorante e instruida, y cándida, misteriosa, con lagunas... fugas... caprichos incomprensibles y voluntades terribles. Me intrigó en gran medida, por más que uno pueda esperar cualquier cosa de la excentricidad de una inglesa. Y, desde el primer momento, yo, que en cuestión de mujeres solo había conocido a las chicas ligeras de París y, cosa peor, a mujeres políticas y literarias, no dudé ni por un momento de que podría conquistar fácilmente a aquella, y me propuse aderezar con ella mi viaje de una manera imprevista y sugerente. Pelirroja, con un cutis luminoso, su risa estaba siempre a punto de sonar en sus labios rojos y carnosos. Era realmente la joya del barco, y como el alma de aquel navío en marcha hacia la loca aventura y la libertad edénica de los países vírgenes, los trópicos de fuego... era nuestra Eva de los paraísos maravillosos, flor también ella, flor de embriaguez, fruto sabrosos del eterno deseo. Yo la veía errar y saltar entre las flores y los frutos de oro de los jardines primordiales, ya no con aquel moderno vestido de piqué blanco, que ceñía su cintura flexible e hinchaba su busto, semejante a un bulbo, potente de vida, sino en el esplendor sobrenatural de su bíblica desnudez».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Eugène tenía oficialmente una querida. En aquel momento se llamaba condesa Borska. Ya no era muy joven, pero sí bonita y deseable todavía. Unas veces polaca, otras rusa y a menudo austríaca, se decía de ella, naturalmente, que era una espía alemana. Su salón lo frecuentaban nuestros más ilustres estadistas. Se hacía en él mucha política, y allí empezaban, con mucho coqueteo, numerosos negocios importantes y turbios. Entre los invitados más asiduos a este salón destacaba un financiero del Mediterráneo oriental, el barón K., un personaje silencioso, de rostro de color plata pálida y ojos muertos, que revolucionaba la bolsa con sus operaciones formidables. Se sabía, o por lo menos se decía, que detrás de aquella máscara impenetrable y muda actuaba uno de los más poderosos imperios de Europa. Pura suposición novelesca, sin duda, pues en esos ambientes corruptos, nunca se sabe qué hay que admirar más, si la corrupción o el papanatismo. Sea como fuere, la condesa Borska y mi amigo Eugène Mortain deseaban con ansia entrar en el juego del misterioso barón, ansia que se vio avivada todavía más porque él oponía a sus proposiciones, discretas pero precisas, una no menos discreta y precisa frialdad. Yo creo que esa frialdad llegó incluso hasta la maldad de un consejo, del cual resultó para nuestros amigos una liquidación desastrosa. Entonces se les ocurrió la idea de lanzar sobre el recalcitrante banquero a una jovencitas muy guapa, íntima amiga de la casa, y lanzarme a mí, al mismo tiempo, sobre aquella jovencita que, instruida por ellos, estaba muy dispuesta a acogernos favorablemente a los dos, al banquero en serio, y a mí por diversión. Su cálculo era sencillo, y yo lo comprendí desde el primer momento: introducirme en la plaza y allí, yo mediante la mujer y ellos gracias a mí, convertirse en amos de los secretos que el barón dejaría escapar en momentos de tierno olvido... Es lo que cabría llamar una política de concentración». 

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—¡Escúchenme! —dijo—. Los azares de la vida, ¡y qué vida fue la mía!, me han puesto en presencia no de una mujer, sino de la mujer. Yo la he visto, libre de todos los artificios, de todas las hipocresías con las que la civilización cubre, como un adorno de mentiras, su auténtica alma. Yo la he visto entregada por completo a su capricho o, si lo prefieren, dominada por sus instintos, en un ambiente en el que, ciertamente, nada podía refrenarlos, y todo, al contrario, se conjuraba para exaltarlos. Nada me la ocultaba, ni las leyes, ni las morales, ni los prejuicios religiosos, ni las convenciones sociales... ¡Pude verla en su verdad, en su desnudez original, entre los jardines y los suplicios, la sangre y las flores! Cuando apareció ella, yo estaba sumido en lo más bajo de la abyección humana, o al menos eso es lo que pensaba. Entonces, delante de sus ojos de amor, de su boca de piedad, grité de esperanza, y creí, sí, creí que gracias a ella sería salvado. Pues bien, fue algo atroz. La mujer me ha hecho conocer unos crímenes que yo ignoraba, unas tinieblas a las que nunca había descendido. Miren mis ojos muertos, mi boca que ya no sabe hablar, mis manos temblorosas, ¡solo por haberla contemplado! Pero no puedo maldecirla, tal como no maldigo al fuego que devora ciudades y bosques, al agua que engulle los navíos, al tigre que se lleva entre las fauces, al fondo de la jungla, la presa sangrante. La mujer tiene en ella una fuerza cósmica de elemento, una fuerza invencible de destrucción, como la naturaleza. ¡Ella es, por sí misma, toda la naturaleza! Al ser matriz de la vida, es, por eso mismo, matriz de la muerte, puesto que de la muerte renace la vida perpetuamente, y suprimir la muerte sería matar la vida en su único manantial de fecundidad.
—¿Y qué demuestra eso? —dijo el médico, encogiéndose de hombros.
El otro respondió simplemente:

—Eso no demuestra nada. Para ser dolor o alegría, ¿necesitan las cosas ser demostradas? No, solo necesitan ser sentidas...».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Una noche, se encontraban reunidos varios amigos en casa de uno de nuestros más famosos escritores. Después de haber cenado copiosamente, discutían sobre el asesinato a propósito ya no sé de qué, a propósito de nada, seguramente. Solo había hombres: moralistas, poetas, filósofos, médicos, todos ellos personas que podían charlar libremente, al dictado de su fantasía, de sus manías, de sus paradojas, sin temor de ver aparecer, de repente, esos aspavientos y esos terrores que la menor idea un poco osada pone en el rostro trastornado de los notarios. Digo notarios como podría decir abogados o porteros, no por desdén, desde luego, sino por precisar un estado medio de la mentalidad francesa.
Con una tranquilidad de ánimo tan perfecta como si en realidad opinasen sobre los méritos del puro que se estaba fumando, un miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas dijo:
—Cierto... Yo estoy convencido de que el asesinato es la mayor preocupación humana, y que todos nuestros actos derivan de él.
Todos esperaron una larga teoría, pero el académico, en cambio, se quedó callado.
—¡Evidentemente! ­—pronunció un sabio darwinista—. Y la que usted ha emitido, amigo mío, es una de esas verdades eternas, como las que descubría cada día el legendario señor Pero Grullo... ya que el asesinato es la base misma de nuestras instituciones sociales y, por consiguiente, la necesidad más imperiosa de la vida civilizada. Si cesaran los asesinatos, no habría más gobiernos de ninguna clase, por el hecho admirable de que el crimen en general y el asesinato en particular son, no solo su excusa, sino su única razón de ser. Llegados a ese extremo, viviríamos en plena anarquía, cosa que no se puede concebir. Así, lejos de intentar destruir el asesinato, es indispensable cultivarlo con inteligencia y perseverancia, y no conozco mejor medio para hacerlo que las leyes.
Como alguien protestara, el sabio repuso:
—¡Vamos a ver! ¿No estamos entre amigos y podemos hablar sin hipocresía?
—¡Faltaría más! —asintió el dueño de la casa—. Aprovechemos generosamente la única ocasión en la que se nos permite expresar nuestras ideas más íntimas, puesto que, yo en mis libros y usted en sus clases, no podemos ofrecerle al público más que mentiras.
El sabio se arrellanó más sobre los cojines de su sillón, estiró las piernas, que de haber estado demasiado tiempo cruzadas una sobre la otra se le habían entumecido, y con la cabeza hacia atrás, los brazos colgantes y el vientre acariciado por una digestión feliz, lanzó al techo volutas de humo:
—Por lo demás —prosiguió—, el asesinato se cultiva suficientemente por sí mismo. Hablando con propiedad, no es el resultado de tal o cual pasión, ni la forma patológica de la degeneración, sino un instinto vital que está en nosotros, que está en todos los seres organizados, dominándolos como el instinto genésico. Ello es tan veraz que la mayor parte del tiempo ambos instintos se combinan tan bien el uno con el otro, se confunden tan totalmente uno en el otro, que en cierto modo no forman más que un solo y único instinto, y no se sabe cuál de los dos nos impulsa a dar la vida y cuál a tomarla, cuál es el asesinato y cuál es el amor. He recibido las confidencias de un honorable asesino que mataba a las mujeres no para robarlas sino para violarlas. Su deporte consistía en que el espasmo de placer del uno concordara exactamente con el espasmo de muerte de la otra: “¡En aquellos momentos”, me decía, “yo me figuraba que era un Dios creando el mundo!”.
—¡Claro! —exclamó el famoso escritor—. ¡Si va a buscar ejemplos entre los profesionales del crimen!
El sabio, lentamente, replicó:

—Es que todos somos, más o menos, unos asesinos. Todos hemos experimentado cerebralmente, en un grado menor, quiero creer, unas sensaciones análogas. La necesidad innata de asesinar, la refrenamos, atenuamos su violencia física, dándole exutorios legales: la industria, el comercio colonial, la guerra, la caza, el antisemitismo, porque es peligroso entregarse a ella sin moderación, al margen de las leyes, y porque las satisfacciones morales que se obtienen no merecen, después de todo, que nos expongamos a las consecuencias habituales de este acto: el encarcelamiento, las entrevistas con los jueces siempre fatigosas y sin interés científico y, por fin, la guillotina».

sábado, 2 de noviembre de 2013

Relato completo de «La muerta», de Guy de Maupassant

LA MUERTA

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.
Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, pues estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante siete días, teniendo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, tomaron sus notas y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve y débil suspiro. La enfermera dijo «¡Ah!» y ¡yo comprendí!, yo comprendí...
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí, en cambio, el ataúd, y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

*

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le sentaba bien y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas y tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal —en aquel liso, enorme y vacío cristal— que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. No tardé en encontrar su sencilla tumba, y en ella, una cruz de mármol blanco con esta breve inscripción:
«Amó, fue amada y murió».
¡Ella está ahí debajo!, ¡descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que comenzaba a oscurecer, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve... ¡Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, con la ciudad en la cual vivimos! Y, sin embargo, son muchos más numerosos los muertos que los vivos: nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.
Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, ¡aquí no hay apenas nada, nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, de pronto me di cuenta de que me encontraba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suave, lenta, silenciosamente hacia aquella tierra llena de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las sepulturas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres al pasar mis dedos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, mientras deambulaba por aquellos angostos senderos que se abrían entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, de aquella tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
De repente, creí notar que la losa de mármol sobre la cual había tomado asiento comenzaba a moverse. Y, de hecho, así era, se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratase de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la lápida sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, que empujaba la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, pese a que la noche era oscura. En la cruz pude leer:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios».
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal».
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban ahora abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos ellos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido tortuosos con sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado y cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
Pensé que también ella habría escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante, sin llegar a ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
«Amó, fue amada y murió».
Ahora leí:
«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió».
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.


Guy de Maupassant

Citas de «Sheebae, la reina de las serpientes», de Carter Scott.

«Hace diecisiete meses, veintiocho días y cinco horas, aproximadamente, yo me encontraba en un calvero africano, donde presencié, sumido en un éxtasis provocado por el miedo más ancestral, la victoria de Sheebae sobre un joven león que debió cometer el error de echarse a dormir lejos de la manada.
¡Con qué dominio y seguridad de su cuerpo, de ocho metros de longitud, formó los tres anillos que trituraron la resistencia del desesperado felino! ¡Con qué ceremonial parsimonia se lo fue tragando hasta llegar al final del corto rabo desprovisto de pelos!
Los temblores que me sacudieron una vez dejé atrás el estupor que me había inmovilizado durante un tiempo que no supe precisar entonces, unidos a la recuperación de la visión consciente, me permitieron comprender que debía escapar de allí lo más rápidamente posible: ¡no quería ser devorado de aquella forma infernal!
Mi cuerpo logró alejarse de la gigantesca serpiente, pero no sucedió lo mismo con mi alma, pues el recuerdo de mis defensas completamente anuladas, que me habían dejado reducido a un simple amasijo de carne paralizado por el pánico, me transformó de una forma completa y definitiva. Como siempre me había considerado un hombre valiente, dueño de una inteligencia capaz de enfrentar y superar cualquier peligro del mundo, mi inesperado tropiezo con “aquella magnificación del poder” sirvió para descubrirme cuán equivocado estaba. Durante muchos días únicamente pensé en que podía haber corrido la misma suerte que aquel joven león, y así, casi podía sentir los dientes, largos y curvados, clavándose en mi cuerpo, el crujir de mis costillas bajo aquel múltiple y aplastante abrazo que reventaba también mis pulmones; e imaginaba cómo,  cuando la muerte me hubiese privado al fin de la visión, la exagerada e inverosímil dilatación de las fauces de Sheebae, se amoldaba a la mía, dispuesta a tragarme en el momento en que su piel le comunicase que mi corazón había ya dejado de latir.
¡La magnificación del poder!».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.


«Se dispuso a acompañarme a los sótanos. Procuré marchar delante, con paso indeciso, en silencio. En cuanto llegamos a la puerta de gruesa madera y sólidas bisagras y cerraduras, le proporcioné una escopeta de caza, para armarme yo con otra antes de coger el manojo de llaves.
El chasquido de la cerradura estalló en el silencio que nos rodeaba con un eco de largas resonancias. Luego, empujé el alto batiente, para introducirme en la selva artificial que la ciencia, la imaginación y mi dinero habían recreado; detrás de mí, en la quietud reinante nuestros pasos quedaban amortiguados por la alta maleza, me llegó el asombrado susurro de asombro quien me acompañaba. En seguida capté las palpitaciones de su miedo, porque nos rodeaban las lianas, los arbustos, las ramas bajas de los árboles y todos esos lugares que bien podían servir de emplazamiento para una emboscada de nuestra despiadada enemiga. Dejé que transcurriesen unos gozosos minutos antes de darme la vuelta, dispuesto a que él recuperara la confianza con esta pregunta intencionadamente “inocente”:
—Supongo que no pensará usted que he dejado suelta a la serpiente, ¿verdad, míster Chubb? Ahora vamos armados por simple precaución, aunque le aseguro que me ofrece una gran confianza la jaula de vidrio en la que Sheebae se encuentra encerrada. ¿Qué le parece todo lo que le rodea?
—¡Sorprendente! ¿Cómo se produce este calor sofocante y de dónde proviene la humedad de la hierba y de la maleza...? ¿Ehhh...? ¡No...! ¡NOOO...!
¡¡Allí estaba la reina de las serpientes!!
El estúpido feriante pasó del miedo al terror, y de la sorpresa moderada al petrificador asombro en solo unos segundos. ¡Porque acababa de ser apresado por los anillos trituradores de la pitón, que, de forma excepcional, no le hundió en él los curvos puñales de sus dientes!
Por eso se quedó sin habla, sin respuesta alguna de su cuerpo, con los ojos y la boca abiertos de forma desmesurada, pudiendo ver pero totalmente indefenso. Mientras, la muerte más espeluznante le aplastaba en un abrazo ineludible, el aire estallaba en sus pulmones con el chasquido de sus costillas y sus venas; su estómago y sus intestinos acabaron vaciándose por todos los orificios de un cuerpo que iba, lentamente, reduciéndose a la enésima parte de su volumen. Con la brutal expulsión de su existencia, cuando ya el corazón se había detenido, se produjo el inverosímil agigantamiento de la cabeza y de las horrorosas mandíbulas de la hambrienta Sheebae...
¡A qué ritual tan fascinante pude asistir al contemplar cómo aquella poderosa máquina, viva y perfecta, procedía a tragarse entero el cadáver del ex codicioso...! ¡Me sentí inundado por una tromba de reacciones orgásmicas!
Pero, inmóvil y con la escopeta en posición de disparo, aún tuve la lucidez suficiente como para comprender que aquellas botas claveteadas no facilitarían la digestión de “mi amada”. Por eso corrí a evitar el mal, sin pensar un solo momento en el inmenso riesgo al que me exponía. Finalmente, conseguí descalzar los pies, flojos y balanceantes, cuando las fauces de la gigantesca pitón ya habían alcanzado la cintura de Alistair Chubb.
Después, retrocedí a mi “platea particular” para continuar asistiendo al morboso espectáculo, sintiendo por primera vez que el terror se convertía en una comunicación satánica entre el poderoso irracional y el astuto racional que era yo.
Al igual que el fanático que obtiene en exclusiva individual, para su único goce, la propiedad de una obra de arte, supe que aquellas horas de las que estaba disfrutando eran mías, solo mías, y suponían un excepcional privilegio, que, no obstante, únicamente podría tener continuidad si me cuidaba de repetir el espectáculo.
Y es que lo insufrible de aquel sublime instante se hallaba en la certeza, cada vez más prístina, de que aquel espectáculo tendría un final. ¡Por eso me recreé en su contemplación, sin perderme ni el más insignificante de sus detalles!
Permanecí allí hasta que se produjo la total ingestión de la víctima; y aún seguí allí un rato más, aguardando a que las paredes internas de Sheebae se fueran desplazando, siempre con una lentitud pasmosa, para que las costillas se fijaran alternativamente después de haberse adelantado con el fin de que el inmenso estómago se colocara sobre el alimento. De esta manera, ¡la última silueta de Alastair Chubb quedó esculpida bajo la piel reticulada y palpitante de la glotonería!».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.


«Me encontraba dormido en mi dormitorio cuando escuché la campana de alarma. Alcé la cabeza hacia el tablero, y el desplazamiento de la casilla número dos me indicó que había sido abierto el habitáculo de Sheebae. Salté del lecho, desprecié las babuchas, encendí una lámpara de petróleo y me lancé en pos de la escalera: cuando llegué a la puerta ya era inútil todo intento de salvarla.
¡El embriagador hedor de la muerte golpeó con sadismo mis fosas nasales!
Corrí en busca del espectáculo, ¡del más terrorífico de los espectáculos!, y me encontré con la materialización del abrazo supremo: la cabeza de mamá pendía totalmente destrozada, con el cuello descoyuntado, y se escuchaban los postreros chasquidos de sus huesos...
Cuando la boca de la reina de las serpientes se desencajó, siempre en unas proporciones que me resultaban inverosímiles, acusé el impulso de huir de allí, de maldecir el grado de perversidad al que había llegado. Pero me mantuve quieto, clavado en la tierra, sin voluntad.
Una acre saliva se había condensado en mi garganta, mis ojos se quedaron sin brillo y mis labios esbozaron una sonrisa idiota. Sin embargo, de repente, me sentí más fuerte que nunca. Estaba en aquella selva artificial, presenciando el más horrendo de los crímenes que puede cometer un ser humano y, sin embargo, ¡no había perdido el sentido!
Y todo porque el prodigio único de aquel espectáculo ¡solo se hallaba reservado a los dioses, a Calígula, a Nerón... y a Richard Crowley, yo!
El acto de deglución del cadáver de mamá fue como un parto al revés. Por mi capricho ella se iba a transformar en proteínas de vida dentro del cuerpo de Sheebae, mientras que suyo fue el mérito de darme la existencia expulsándome desde su interior.
¿No es esta la mejor demostración de las cotas de terror que fui capaz de soportar sin dejarme vencer por los prejuicios sociales y morales de los lazos sanguíneos...?».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.


«Ahora sé que la policía viene a detenerme. Esta mañana me ha telefoneado un viejo amigo, alertándome porque ignora la magnitud de mi conducta, la cual, según los convencionalismos de una civilización de cobardes, es considerada un delito infrahumano.
¿Cómo podría escapar si no dispongo del tiempo suficiente para llevarme a la reina de las serpientes?
Después de las seis horas que me ha llevado rellenar estas páginas de mi cuadernillo de anotaciones, ya solo me resta una decisión: entregarme al abrazo de Sheebae, para encontrar mi féretro en su poderoso cuerpo, y ser así “más suyo” que de ninguna otra forma; llevarme al más allá la certeza de que no ha existido en el mundo mayor Amor que el que me une a la más bella y satánica de las criaturas vivas.
Dentro de unos segundos, cuando abandone la escritura y marche en busca del más fantástico de los suicidios románticos, contaré con otro placer en exclusiva: saber cómo va a producirse mi muerte, segundo a segundo, y cómo mi cadáver irá siendo “sepultado” en el espléndido cuerpo de mi amada, convirtiéndome en una parte vital de la magnificación del poderío irracional que ella, la reina de las serpientes, representa.
P. D.: Si no entendéis mi comportamiento, peor para vosotros, ¡cobardes!».
«Sheebae, la reina de las serpientes», Carter Scott.