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martes, 5 de noviembre de 2013

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Llegamos a una avenida que conducía al estanque central, y los pavos reales, que hasta entonces nos habían seguido, de pronto se dispersaron con gran ruido, a través de los macizos y los prados del jardín.
Aquella avenida, muy ancha, estaba bordeada a cada lado de árboles muertos, inmensos tamarindos cuyas gruesas ramas desnudas se entrecruzaban en duros arabescos sobre el cielo. En cada árbol se había cavado un nicho. La mayoría estaban vacíos; algunos contenían cuerpos de hombres y mujeres violentamente retorcidos y sometidos a suplicios repulsivos y obscenos. Delante de los nichos ocupados, una especie de secretario judicial vestido de negro se detenía de pie, muy serio, con un escritorio sobre el vientre y un registro en las manos.

—Es la avenida de los acusados —me dijo Clara—. Y estos hombres que ves de pie están ahí solo para recoger las confesiones que el sufrimiento prolongado podría arrancar a esos infelices. No suelen confesar... prefieren morir así antes que tener que arrastrar su agonía en las jaulas del penal y finalmente perecer en otros suplicios. Generalmente los tribunales no abusan de la acusación, salvo en casos de delitos políticos. Suelen juzgar en bloque, por hornadas, a la buena de Dios. Por otra parte, ya ves que los acusados no son numerosos y que casi todos los nichos están vacíos. Pero eso no quita que la idea sea muy ingeniosa. Creo que la han tomado de la mitología griega. Es una transposición, a lo horrible, de la encantadora fábula de las dríades, cautivas en los árboles».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Su palabrería, su voz, me irritaban. Desde hacía unos minutos, ni siquiera percibía su belleza. Sus ojos, sus labios, su nuca, sus pesados cabellos de oro, e incluso los ardores de su deseo, y hasta la lujuria de su pecado, ahora todo en ella me parecía repulsivo. Y de ese escote entreabierto, de la desnudez rosa de su pecho, donde tantas veces yo había respirado, había bebido, había mordido la embriaguez de perfumes excitantes, ahora se elevaba la exhalación de una carne putrefacta, de aquel pequeño montón de carne putrefacta que era su alma... Varias veces intenté interrumpirla con un violento ultraje, cerrarle la boca con mis puños, torcerle la nuca... Sentía surgir en mí un odio tan salvaje contra aquella mujer que, agarrándola del brazo rudamente, grité con voz enloquecida:
—¡Cállate, por Dios, cállate ya! ¡No vuelvas a hablarme nunca, nunca más! ¡Porque tengo ganas de matarte, demonio, debería matarte y después tirarte al pudridero, porque no eres más que carroña!
A pesar de mi exaltación, tuve miedo de mis propias palabras. Pero para hacerlas ya irremediables repetí, magullándole el brazo con mis manos enloquecidas.
—¡Carroña, carroña, carroña!
Clara no hizo ningún movimiento de defensa, ni siquiera con los ojos. Adelantó el cuello, ofreció el pecho. Su rostro se iluminó con una alegría desconocida y resplandeciente. Simplemente, lentamente, con una dulzura infinita, dijo:
—Pues bien, mátame, querido. Me gustaría morir por tus manos, amado de mi corazón...
Aquello había sido un relámpago de rebelión en la larga y dolorosa pasividad de mi sumisión. Se apagó con la misma rapidez con que había nacido. Avergonzado del grito insultantemente ruin que había proferido, solté el brazo de Clara y toda mi cólera, debida a la excitación nerviosa, se fundió súbitamente en un gran abatimiento.
—¡Ya ves! —dijo Clara, que no quiso aprovecharse más de mi lamentable derrota ni de su triunfo demasiado fácil—. Ni siquiera tienes valor para eso, que habría sido hermoso. ¡Pobre niño!

Y como si nada hubiese ocurrido entre nosotros, continuó contemplando con mirada apasionada el espantoso drama de la campana».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Pero resultaba difícil avanzar. Las plantas, los árboles, la atmósfera, el suelo... Todo estaba lleno de moscas, de insectos ebrios, de coleópteros fieros y guerreros, de mosquitos ahítos. Toda la fauna de los cadáveres eclosionaba allí por miríadas, a nuestro alrededor, bajo el sol... Larvas inmundas se retorcían en los charcos rojos, caían de las ramas en blandos racimos... La arena parecía respirar, parecía caminar, levantada por un movimiento, un pulular de vivda vermicular. Nosotros, ensordecidos, cegados, nos veíamos detenidos a cada momento por aquellos enjambres zumbadores que se multiplicaban y me hacían temer que Clara sufriera picaduras mortales. ¡Y, a veces, teníamos la horrible sensación de que los pies se nos hundían en la tierra empapada, como si hubiese llovido sangre!
—¡Todavía no has visto nada! —repetía Clara—. ¡Sigamos avanzando!

Y he aquí que, para completar el drama, aparecieron rostros humanos... Equipos de obreros que, con paso indolente, venían a limpiar y reparar los instrumentos de tortura, pues ya había pasado la hora de las ejecuciones en el jardín. Nos miraron, sin duda extrañados de encontrar en aquel momento y en aquel lugar a dos seres aún vivos y que conservaban la cabeza, los brazos y las piernas. Más lejos, agachado en el suelo, en la postura de un buda de adorno, vimos a un alfarero barrigudo y bonachón que barnizaba jarros para flores, acabados de cocer; a su lado, un cestero, con dedos indolentes y certeros, trenzaba con flexibles juncos y paja de maíz ingeniosas protecciones para las plantas; en una muela, un jardinero afilaba su navaja de injertar entonando melodías populares, mientras una mujer, masticando hojas de betel y balanceando la cabeza, fregaba plácidamente una especie de fauces de hierro cuyos agudos dientes todavía conservaban en la punta inmundos restos humanos. También vimos a unos niños que mataban ratas a bastonazos, y las metían en cestos. Y, a lo largo de las empalizadas, famélicos y feroces, arrastrando el imperial esplendor de su ropaje por el fango sanguinolento, los pavos reales: bandadas de pavos reales atrapaban con el pico la sangre que surgía del corazón de las flores, y con cloqueos carnívoros devoraban las piltrafas de carne pegadas a las hojas».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—Venga amigos, daos prisa... En el lugar al que os dirigís hay todavía más dolores, más suplicios, más sangre que mana y gotea hasta el suelo... Más cuerpos retorcidos, desgarrados, jadeando sobre planchas de hierro... Más carnes destrozadas balanceándose en las cuerdas de los cadalsos... Más espanto y más infierno... Venga, queridos, seguid adelante con los labios unidos y las manos cogidas. Y mirad entre el follaje y los emparrados, mirad cómo se desarrolla el infernal diorama y la diabólica fiesta de la muerte».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«En cuanto Clara hubo desaparecido detrás del follaje del jardín, me asaltó el remordimiento de estar allí. ¿Por qué había vuelto? ¿A qué locura, pues, a qué cobardía había cedido? Recordará el lector que una vez, en el barco, ella me dijo: “Cuando seas demasiado infeliz, te irás!”. Yo me creía fortalecido por todo mi pasado infame... y no era en realidad más que un niño estúpido e inquieto. ¿Infeliz? ¡Oh, sí, lo había sido hasta las peores torturas, hasta el más prodigioso desprecio hacia mí mismo! ¡Y me había marchado! Por una ironía realmente persecutoria, para huir de Clara había aprovechado el paso por Cantón de una misión —parecía destinado a las misiones— que iba a explorar las regiones poco conocidas de Annam. Tal vez significaba el olvido, tal vez la muerte. Había pasado dos años, dos largos y crueles años andando... andando. Y ello no había significado ni el olvido ni la muerte. A pesar de las fatigas, de los peligros, la maldita fiebre, ni por un día, ni por un minuto había podido curarme del espantoso veneno que había inoculado en mi carne aquella mujer, y yo sabía que lo que me ataba a ella eran la horrenda podredumbre de su alma y sus crímenes de amor, y que yo mismo era un monstruo, y que me gustaba ser un monstruo. Yo había creído —¿lo creí realmente?— elevarme gracias a su amor, pero en realidad había descendido más abajo, hasta el fondo del abismo envenenado de cuyo olor, una vez respirado, uno no se recupera jamás. Muchas veces, en el corazón de las junglas, poseído por la fiebre después de la etapa, en mi tienda, creí matar mediante el opio la monstruosa y persistente imagen, pero el opio me la evocaba más poderosa, más viva, más imperiosa que nunca. Entonces le escribí unas cartas locas, insultantes, imprecatorias; unas cartas en las que la más violenta execración se mezclaba con la más sumisa de las adoraciones. Ella me respondió con unas cartas encantadoras, inconscientes y quejosas, que a veces encontraba en las ciudades y los puestos por donde pasábamos. Ella también se declaraba infeliz por mi abandono; lloraba, suplicaba, me llamaba… No encontraba más excusa que esta: “Comprende pues, querido mío —me escribía—, que yo no tengo el alma de tu horrible Europa. Yo llevo en mí el alma de la vieja China, que es mucho más hermosa”. Ah, cómo pude resistirme durante tanto tiempo al mal deseo de abandonar a mis compañeros y volver a aquella ciudad maldita y sublime, a aquel infierno delicioso y torturante donde Clara respiraba y vivía en medio de voluptuosidades desconocidas y atroces que ahora me hacían morir por no participar en ellas. Y volví a ella, como el asesino regresa a la escena del crimen».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—Ya verás cómo es apasionante... ¡Tan apasionante! No puedes hacerte una idea, amor mío. Y cuánto mejor te amaré esta noche... Qué locamente te amaré esta noche... Traga, corazón, anda, traga.
Y, como yo seguía triste y dubitativo, para vencer mis últimas resistencias, dijo con un oscuro brillo en los ojos:

—Escucha... He visto colgar a ladrones en Inglaterra, he visto corridas de toros y dar garrote a los anarquistas en España. En Rusia, he visto como unos soldados azotaban hasta la muerte a bellas muchachas, y en Italia he visto fantasmas vivientes, espectros de hambre desenterrando a los muertos por cólera para devorarlos con avidez. He visto, en la India, a la orilla de un río, a miles de hombres desnudos retorciéndose y muriendo entre los horrores de la peste. En Berlín, una noche, vi a una mujer a la que había amado el día antes, una espléndida criatura en mallas rosa, devorada por un león en una jaula. Todos los horrores, todas las torturas humanas, yo las he visto. ¡Era muy hermoso! Pero no he visto nada tan bello, nada, ¿comprendes?, como esos presidiarios chinos... Es más hermoso que todo lo demás. No puedes imaginar, te lo juro, no puedes imaginar qué es... Annie y yo no faltábamos ni un miércoles. ¡Ven, te lo ruego!».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—¡Pobre criatura! Tú que te creías un gran disoluto... Un gran rebelde... ¡Ah!, tus pobres remordimientos, ¿te acuerdas? Y ahora resulta que tu alma es más tímida que la de un niño pequeño...
¡Era verdad! Por mucho que yo alardeara de ser un sinvergüenza intransigente, de estar por encima de todos los prejuicios morales, de vez en cuando todavía escuchaba las voces del deber y del honor que, en ciertos momentos de depresión nerviosa, subían desde las turbias profundidades de mi conciencia. ¿El honor de quién? ¿El deber de quién? ¡Qué abismo de locura es la mente del hombre! ¿En qué mi honor —¡mi honor! — estaba comprometido, en qué desertaría yo de mi deber si en vez de morirme de aburrimiento en Ceilán, proseguía el viaje hasta la China? ¿Realmente me había metido tanto en la piel de un sabio para imaginarme que iba a “estudiar la jalea pelágica”, descubrir “la célula”, sumergiéndome en los golfos de la costa cingalesa? Esa idea, totalmente grotesca, de tomar en serio mi misión de embriólogo, pronto me devolvió a la realidad de mi situación. ¡Cómo! La suerte, el milagro había querido que conociera a una mujer divinamente bella, rica, excepcional, a la que amaba y que me amaba, y que me ofrecía una vida extraordinaria, placeres sin fin, sensaciones únicas, aventuras libertinas, una protección fastuosa... En fin, la salvación, y más que la salvación, ¡la alegría! ¿Y yo iba a dejar escapar todo eso? Una vez más, el demonio de la perversidad —ese estúpido demonio al que, por haberle obedecido estúpidamente, debía todas mis desgracias— ¿intervendría de nuevo para aconsejarme una resistencia hipócrita contra un acontecimiento inesperado que tenía algo de cuento de hadas, que no se repetiría jamás, y que yo deseaba ardientemente, desde lo más profundo de mí mismo, que se realizara? ¡No y no! ¡Qué idiotez, bien pensado!
—Tienes razón —le dije a Clara, atribuyendo únicamente a la derrota amorosa una sumisión que contenía también todos mis instintos de pereza y desenfreno—. Tienes razón. No sería digno de tus ojos, de tu boca, de tu alma... de todo ese paraíso y ese infierno que tú eres, si siguiera dudando por más tiempo. Y además... yo no podría... yo no podría perderte. Puedo concebirlo todo excepto eso. Tienes razón, soy tuyo... Llévame adonde quieras. Sufrir... morir... ¡no importa! Puesto que tú, a quien todavía no conozco, tú eres mi destino.
—Bebé, mi bebé... —dijo Clara en un tono singular, en el que no supe distinguir la expresión auténtica, si era alegría o piedad.
Después, casi maternal, me aconsejó:
—Ahora no te preocupes de nada más que de ser feliz. Quédate aquí y contempla la isla maravillosa. Yo voy a arreglar con el comisario tu nueva situación a bordo.
—Clara...
—Descuida, yo sé lo que hay que decir.
Y cuando yo iba a objetar algo, ella añadió:
—¡Chitón...! ¿No eres tú mi bebé, mi cariño? Tienes que obedecerme... Además, tú no sabes...

Y desapareció, mezclándose con la multitud de pasajeros apiñados en la cubierta, muchos de los cuales acarreaban ya las maletas y el equipaje de mano».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—Eres un niño —repitió Clara—. Y hablas como en Europa, cariño. Y tienes escrúpulos idiotas, como en Europa. En la China la vida es libre, feliz, total, sin convenciones, sin prejuicios, sin leyes... Por lo menos para nosotros. La libertad no tiene más límites que uno mismo, y el amor solo lo limita la variedad triunfante del propio deseo. Europa y su civilización hipócrita y bárbara es la mentira. ¿Qué otra cosa hacéis en Europa más que mentir, mentiros a vosotros mismos y a los demás, mentir a todo lo que, en lo más hondo de vuestras almas, reconocéis como verdadero? Os veis obligados a fingir un respeto exterior hacia personas e instituciones que sabéis absurdas y seguís cobardemente ligados a unas convenciones morales o sociales que despreciáis y condenáis, que sabéis totalmente faltas de cualquier fundamento. Esta permanente contradicción entre vuestras ideas, vuestros deseos y todas las formas de vida muertas, todos los vanos simulacros de vuestra civilización, es lo que os hace tristes, confusos, desequilibrados... En este conflicto intolerable, perdéis toda la alegría de vivir, toda sensación de personalidad, porque a cada momento os comprimen, os impiden y detienen el libre juego de vuestras fuerzas. Esta es la herida envenenada, mortal, del mundo civilizado. Entre nosotros las cosas son muy diferentes, ya lo verás. Poseo en Cantón, entre jardines maravillosos, un palacio en el que todo está dispuesto para la vida libre y el amor. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué dejas atrás? ¿Quién se preocupa por ti? Cuando ya no me quieras, o cuando seas demasiado infeliz, te irás...».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Una vez estábamos mi amiga y yo apoyados uno junto a otro en la barandilla, mirando el mar y mirando el cielo. El día estaba a punto de terminar. En el cielo, grandes pájaros, alciones azules, seguían al navío balanceándose con exquisitos movimientos de bailarina; en el mar, bancos de peces voladores se levantaban al acercarnos nosotros y, brillantes bajo el sol, iban a posarse más allá para alzar el vuelo rozando el agua, de un azul turquesa vivísimo aquel día... Después, bancos de medusas, medusas rojas, medusas verdes, medusas púrpuras y rosas y malvas, flotaban como montones de flores sobre la superficie blanda, y tan magníficas de color que Clara, a cada instante, lanzaba gritos de admiración señalándomelas. Y de repente me preguntó:
—Dígame, ¿cómo se llaman esos animales maravillosos?
Yo habría podido inventarme nombres extraños, encontrar terminologías científicas. Ni siquiera lo intenté. Llevado por una inmediata, espontánea, violenta necesidad de franqueza, le dije firmemente:
—No lo sé.
Sentí que me estaba perdiendo... Que todo aquel sueño vago y fascinante que había mecido mis esperanzas y adormecido mis ansias, lo perdía sin remisión; que, en una caída más profunda, estaba a punto de sumirme en los lodos inevitables de mi existencia de paria. Me daba cuenta de todo aquello. Pero había en mí algo más fuerte que yo, que me ordenaba lavarme de mis imposturas, de mis mentiras, de aquel auténtico abuso de confianza mediante el cual, de modo cobarde, criminal, había burlado la amistad de un ser que había prestado fe a mis palabras.
—No, de veras, no lo sé —repetí, dando a aquella simple negación un carácter de exaltación dramática que en sí no comportaba.
—¿Cómo puede decir eso? ¿Acaso se ha vuelto loco? ¿Qué le ocurre? —dijo Clara, extrañada del sonido de mi voz y de la extraña incoherencia de mis gestos.
—¡No lo sé, no lo sé, no lo sé!
Y, para dar más fuerza de convicción a aquel triple “No lo sé”, golpeé la barandilla con violencia tres veces.
—¿Cómo que no lo sabe? Un sabio... Un naturalista...
—Yo no soy un sabio, miss Clara... No soy un naturalista... ¡Yo no soy nada! —grité—. Un miserable, sí, soy un miserable. Le he mentido, le he mentido odiosamente. Tiene que conocer al hombre que soy. Escúcheme...
Jadeante, de forma deslabazada, le conté mi vida. Eugène Mortain, Mme. de G..., la impostura de mi misión, toda mi suciedad, mi fango... Experimentaba una alegría atroz en acusarme, en mostrarme más vil, más desclasado, más negro incluso de lo que en verdad era. Cuando hube terminado aquel doloroso relato, le dije a mi amiga, deshecho en lágrimas:
—¡Ahora se acabó! Usted me odiará, me despreciará, como todos, y se alejará de mí con repugnancia. Y tendrá razón. Y yo no me quejaré. ¡Esto es horrible! Pero no podía seguir viviendo así, no quería que siguiera existiendo esta mentira entre usted y yo.
Lloraba desconsoladamente y tartamudeaba palabras sin sentido, como un niño.
—Es horrible... Y yo que... Porque en fin... es verdad, se lo juro... Yo que... Usted me entiende... Un engranaje, eso es, ¡un engranaje!, eso es lo que he sido. Yo no lo sabía. Y después, esa alma de usted... Ah, su alma, su alma querida... Y sus miradas de pureza... y su... su amable... Sí, en fin... Usted ya sabe... su amable acogida... fue mi salvación, mi redención, mi... mi... ¡Esto es espantoso, espantoso! Estoy perdiendo todo eso... ¡Es espantoso!
Mientras yo iba hablando entre lágrimas, miss Clara me miraba fijamente. ¡Oh, aquella mirada! Jamás... No. Jamás olvidaré la mirada que aquella mujer adorable lanzó sobre mí. Una mirada extraordinaria, en la que había a la vez asombro, alegría, piedad, amor —sí, amor—, y también malicia, ironía y… ¡de todo! Una mirada que entraba en mí y me penetraba, hurgaba en mi interior, me perturbaba el alma y la carne.
—Bueno, pues —dijo, simplemente—, la verdad es que no me extraña mucho... Además, creo sinceramente que todos los sabios son como usted.
Sin dejar de mirarme, riendo con la risa tan clara y tan bella que tenía, una risa parecida al canto de un pájaro, añadió:
—Conocí a uno. Era un naturalista... de su estilo. Iba enviado por el gobierno inglés para estudiar en las plantaciones de Ceilán el parásito del cafeto. Pues bien, durante tres meses no salió de Colombo. Se pasaba el tiempo jugando al póquer y emborrachándose con champán.
Y con su mirada fija en mí, una mirada extraña, profunda y voluptuosa clavada en mí, añadió después de unos segundos de silencio, con un tono de misericordia en el que me pareció oír el canto de todas las alegrías del perdón:
¡Ay, menudo sinvergüenza!
Yo no sabía qué más decir, ni si tenía que reír o llorar de nuevo, o bien arrodillarme a sus pies. Así pues, balbuceé tímidamente:
—Entonces... ¿no me guarda usted rencor? ¿No me desprecia? ¿Me perdona usted?
—¡Tonto! —dijo ella—. ¡Tonto más que tonto!
—¡Clara! ¡Clara! ¿Es posible? —exclamé, casi desfalleciendo de felicidad.
Como la campana de la cena hacía tiempo que había sonado y no quedaba nadie en aquella parte de cubierta, me acerqué más a Clara, tanto que noté cómo su cadera se estremecía contra mí y su pecho palpitaba. Cogiendo sus manos, que ella abandonó a las mías, mientras mi corazón saltaba como en una tempestad, exclamé:
—¡Clara, Clara! ¿Me ama usted? ¡Por Dios, se lo suplico! ¿Me ama usted?
Ella replicó débilmente:
—Se lo diré esta noche... En mi camarote.
Vi pasar por sus ojos una llama verde, una llama terrible que me dio miedo. Liberó sus manos del abrazo de las mías, y con la frente súbitamente tachada por un pliegue duro, y con la nuca pesada, se quedó callada mirando el mar.
¿En qué estaba pensando? No lo sé. Y mirando yo también al mar, pensaba: “Mientras fui para ella un hombre normal, no me amó, no me deseó. Pero desde el momento en que ha comprendido quién era, cuando ha respirado el auténtico y pestilente olor de mi alma... Venga, venga... Entonces, ¿lo único verdadero es el mal?”.

Había llegado el ocaso y después, sin crepúsculo, la noche. Una dulzura inexpresable circulaba por el aire. El barco navegaba entre un hervidero de espuma fosforescente. Grandes claridades rozaban el mar, y habríase dicho que unas hadas emergían sus ondas, extendían sus largos mantos de fuego y sacudían y lanzaban, a manos llenas, al océano, hermosas perlas de oro».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Tal y como me había informado el capitán, miss Clara regresaba a la China después de haber repartido el verano entre Inglaterra para sus intereses, Alemania para su salud, y Francia para sus placeres. Miss Clara me confesó que Europa cada vez le inspiraba más disgusto. No podía soportar sus costumbres mezquinas, sus modas ridículas, sus gélidos paisajes. ¡Ella solo se sentía feliz y libre en la China! Mostraba un porte muy decidido, una existencia excepcional, a veces charlaba sin ton ni son, otras veces, con una intensa sensación de las cosas, con una alegría febril llevada hasta lo extravagante. Era sentimental y filosófica, ignorante e instruida, y cándida, misteriosa, con lagunas... fugas... caprichos incomprensibles y voluntades terribles. Me intrigó en gran medida, por más que uno pueda esperar cualquier cosa de la excentricidad de una inglesa. Y, desde el primer momento, yo, que en cuestión de mujeres solo había conocido a las chicas ligeras de París y, cosa peor, a mujeres políticas y literarias, no dudé ni por un momento de que podría conquistar fácilmente a aquella, y me propuse aderezar con ella mi viaje de una manera imprevista y sugerente. Pelirroja, con un cutis luminoso, su risa estaba siempre a punto de sonar en sus labios rojos y carnosos. Era realmente la joya del barco, y como el alma de aquel navío en marcha hacia la loca aventura y la libertad edénica de los países vírgenes, los trópicos de fuego... era nuestra Eva de los paraísos maravillosos, flor también ella, flor de embriaguez, fruto sabrosos del eterno deseo. Yo la veía errar y saltar entre las flores y los frutos de oro de los jardines primordiales, ya no con aquel moderno vestido de piqué blanco, que ceñía su cintura flexible e hinchaba su busto, semejante a un bulbo, potente de vida, sino en el esplendor sobrenatural de su bíblica desnudez».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Eugène tenía oficialmente una querida. En aquel momento se llamaba condesa Borska. Ya no era muy joven, pero sí bonita y deseable todavía. Unas veces polaca, otras rusa y a menudo austríaca, se decía de ella, naturalmente, que era una espía alemana. Su salón lo frecuentaban nuestros más ilustres estadistas. Se hacía en él mucha política, y allí empezaban, con mucho coqueteo, numerosos negocios importantes y turbios. Entre los invitados más asiduos a este salón destacaba un financiero del Mediterráneo oriental, el barón K., un personaje silencioso, de rostro de color plata pálida y ojos muertos, que revolucionaba la bolsa con sus operaciones formidables. Se sabía, o por lo menos se decía, que detrás de aquella máscara impenetrable y muda actuaba uno de los más poderosos imperios de Europa. Pura suposición novelesca, sin duda, pues en esos ambientes corruptos, nunca se sabe qué hay que admirar más, si la corrupción o el papanatismo. Sea como fuere, la condesa Borska y mi amigo Eugène Mortain deseaban con ansia entrar en el juego del misterioso barón, ansia que se vio avivada todavía más porque él oponía a sus proposiciones, discretas pero precisas, una no menos discreta y precisa frialdad. Yo creo que esa frialdad llegó incluso hasta la maldad de un consejo, del cual resultó para nuestros amigos una liquidación desastrosa. Entonces se les ocurrió la idea de lanzar sobre el recalcitrante banquero a una jovencitas muy guapa, íntima amiga de la casa, y lanzarme a mí, al mismo tiempo, sobre aquella jovencita que, instruida por ellos, estaba muy dispuesta a acogernos favorablemente a los dos, al banquero en serio, y a mí por diversión. Su cálculo era sencillo, y yo lo comprendí desde el primer momento: introducirme en la plaza y allí, yo mediante la mujer y ellos gracias a mí, convertirse en amos de los secretos que el barón dejaría escapar en momentos de tierno olvido... Es lo que cabría llamar una política de concentración». 

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Mi padre se dedicaba al comercio del grano. Era un hombre muy rudo, poco pulido, y que entendía maravillosamente sus negocios. Tenía fama de ser muy hábil en ellos y su gran habilidad consistía en “llevar a la gente al huerto”, como decía él: engañar sobre la calidad de la mercancía y sobre el peso, hacer pagar dos francos por lo que a él le había costado diez céntimos y, cuando podía hacerlo sin gran escándalo, hacer pagar dos veces, tales eran sus principios. Por ejemplo, nunca entregaba la avena sin antes haberla empapado de agua. De este modo, los granos hinchados daban el doble en kilos y en litros, sobre todo cuando se les añadía gravilla, una operación que mi padre practicaba siempre a conciencia. También sabía repartir juiciosamente en los sacos los granos de neguilla y de otras simientes venenosas, rechazadas en los cribados, y nadie sabía mejor que él disimular las harinas fermentadas entre las frescas. Pues en el comercio no hay que perder nada, y todo sirve para hacer peso. Mi madre, todavía más ávida de turbias ganancias, lo ayudaba en sus ingeniosas depredaciones y, rígida, desconfiada, guardaba la caja como si montara guardia ante un enemigo.
Mi padre, republicano estricto, patriota fogoso —abastecía al regimiento—, moralista intolerante, en fin, un hombre honrado en el sentido popular de esta palabra, no conocía la piedad, y no hallaba excusas para la deshonestidad de los demás, sobre todo cuando le causaba perjuicio. Entonces no escatimaba argumentos sobre la necesidad del honor y la virtud, y una de sus grandes ideas era la de que en una democracia bien entendida, ambas deberían ser obligatorias, como la instrucción,, el impuesto y el sorteo de los quintos. Un día se dio cuenta de que un carretero que llevaba quince años a su servicio le robaba, e inmediatamente lo hizo detener. En la audiencia, el carretero se defendió como pudo.
—¡Pero si mi patrón solo pensaba en la manera de “llevar a la gente al huerto!” ¡Cuando había hecho una buena jugarreta a un cliente, se vanagloriaba de ello como de una buena obra! “Lo que importa es sacar dinero”, solía decir, “de cualquier lugar y de cualquier modo, pero sacarlo. Vender una coneja vieja por una hermosa vaca, este es todo el secreto del comercio”. Pues bien, yo hacía lo mismo que mi patrón con sus clientes. Lo llevaba al huerto...

Aquel cinismo fue muy mal acogido por los jueces, que condenaron al carretero a dos años de prisión no solo por haber sustraído unos kilos de trigo, sino sobre todo porque había calumniado a una de las casas de comercio más antiguas de la región, fundada en 1794, y cuya antigua, firme y proverbial honradez había dado lustre a la ciudad de padres a hijos».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«—¡Escúchenme! —dijo—. Los azares de la vida, ¡y qué vida fue la mía!, me han puesto en presencia no de una mujer, sino de la mujer. Yo la he visto, libre de todos los artificios, de todas las hipocresías con las que la civilización cubre, como un adorno de mentiras, su auténtica alma. Yo la he visto entregada por completo a su capricho o, si lo prefieren, dominada por sus instintos, en un ambiente en el que, ciertamente, nada podía refrenarlos, y todo, al contrario, se conjuraba para exaltarlos. Nada me la ocultaba, ni las leyes, ni las morales, ni los prejuicios religiosos, ni las convenciones sociales... ¡Pude verla en su verdad, en su desnudez original, entre los jardines y los suplicios, la sangre y las flores! Cuando apareció ella, yo estaba sumido en lo más bajo de la abyección humana, o al menos eso es lo que pensaba. Entonces, delante de sus ojos de amor, de su boca de piedad, grité de esperanza, y creí, sí, creí que gracias a ella sería salvado. Pues bien, fue algo atroz. La mujer me ha hecho conocer unos crímenes que yo ignoraba, unas tinieblas a las que nunca había descendido. Miren mis ojos muertos, mi boca que ya no sabe hablar, mis manos temblorosas, ¡solo por haberla contemplado! Pero no puedo maldecirla, tal como no maldigo al fuego que devora ciudades y bosques, al agua que engulle los navíos, al tigre que se lleva entre las fauces, al fondo de la jungla, la presa sangrante. La mujer tiene en ella una fuerza cósmica de elemento, una fuerza invencible de destrucción, como la naturaleza. ¡Ella es, por sí misma, toda la naturaleza! Al ser matriz de la vida, es, por eso mismo, matriz de la muerte, puesto que de la muerte renace la vida perpetuamente, y suprimir la muerte sería matar la vida en su único manantial de fecundidad.
—¿Y qué demuestra eso? —dijo el médico, encogiéndose de hombros.
El otro respondió simplemente:

—Eso no demuestra nada. Para ser dolor o alegría, ¿necesitan las cosas ser demostradas? No, solo necesitan ser sentidas...».

Octave Mirbeau - El jardín de los suplicios (fragmentos)

«Una noche, se encontraban reunidos varios amigos en casa de uno de nuestros más famosos escritores. Después de haber cenado copiosamente, discutían sobre el asesinato a propósito ya no sé de qué, a propósito de nada, seguramente. Solo había hombres: moralistas, poetas, filósofos, médicos, todos ellos personas que podían charlar libremente, al dictado de su fantasía, de sus manías, de sus paradojas, sin temor de ver aparecer, de repente, esos aspavientos y esos terrores que la menor idea un poco osada pone en el rostro trastornado de los notarios. Digo notarios como podría decir abogados o porteros, no por desdén, desde luego, sino por precisar un estado medio de la mentalidad francesa.
Con una tranquilidad de ánimo tan perfecta como si en realidad opinasen sobre los méritos del puro que se estaba fumando, un miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas dijo:
—Cierto... Yo estoy convencido de que el asesinato es la mayor preocupación humana, y que todos nuestros actos derivan de él.
Todos esperaron una larga teoría, pero el académico, en cambio, se quedó callado.
—¡Evidentemente! ­—pronunció un sabio darwinista—. Y la que usted ha emitido, amigo mío, es una de esas verdades eternas, como las que descubría cada día el legendario señor Pero Grullo... ya que el asesinato es la base misma de nuestras instituciones sociales y, por consiguiente, la necesidad más imperiosa de la vida civilizada. Si cesaran los asesinatos, no habría más gobiernos de ninguna clase, por el hecho admirable de que el crimen en general y el asesinato en particular son, no solo su excusa, sino su única razón de ser. Llegados a ese extremo, viviríamos en plena anarquía, cosa que no se puede concebir. Así, lejos de intentar destruir el asesinato, es indispensable cultivarlo con inteligencia y perseverancia, y no conozco mejor medio para hacerlo que las leyes.
Como alguien protestara, el sabio repuso:
—¡Vamos a ver! ¿No estamos entre amigos y podemos hablar sin hipocresía?
—¡Faltaría más! —asintió el dueño de la casa—. Aprovechemos generosamente la única ocasión en la que se nos permite expresar nuestras ideas más íntimas, puesto que, yo en mis libros y usted en sus clases, no podemos ofrecerle al público más que mentiras.
El sabio se arrellanó más sobre los cojines de su sillón, estiró las piernas, que de haber estado demasiado tiempo cruzadas una sobre la otra se le habían entumecido, y con la cabeza hacia atrás, los brazos colgantes y el vientre acariciado por una digestión feliz, lanzó al techo volutas de humo:
—Por lo demás —prosiguió—, el asesinato se cultiva suficientemente por sí mismo. Hablando con propiedad, no es el resultado de tal o cual pasión, ni la forma patológica de la degeneración, sino un instinto vital que está en nosotros, que está en todos los seres organizados, dominándolos como el instinto genésico. Ello es tan veraz que la mayor parte del tiempo ambos instintos se combinan tan bien el uno con el otro, se confunden tan totalmente uno en el otro, que en cierto modo no forman más que un solo y único instinto, y no se sabe cuál de los dos nos impulsa a dar la vida y cuál a tomarla, cuál es el asesinato y cuál es el amor. He recibido las confidencias de un honorable asesino que mataba a las mujeres no para robarlas sino para violarlas. Su deporte consistía en que el espasmo de placer del uno concordara exactamente con el espasmo de muerte de la otra: “¡En aquellos momentos”, me decía, “yo me figuraba que era un Dios creando el mundo!”.
—¡Claro! —exclamó el famoso escritor—. ¡Si va a buscar ejemplos entre los profesionales del crimen!
El sabio, lentamente, replicó:

—Es que todos somos, más o menos, unos asesinos. Todos hemos experimentado cerebralmente, en un grado menor, quiero creer, unas sensaciones análogas. La necesidad innata de asesinar, la refrenamos, atenuamos su violencia física, dándole exutorios legales: la industria, el comercio colonial, la guerra, la caza, el antisemitismo, porque es peligroso entregarse a ella sin moderación, al margen de las leyes, y porque las satisfacciones morales que se obtienen no merecen, después de todo, que nos expongamos a las consecuencias habituales de este acto: el encarcelamiento, las entrevistas con los jueces siempre fatigosas y sin interés científico y, por fin, la guillotina».